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MIRADAS. FIDEL: EL ÁRBOL QUE NACIÓ DE LA SEMILLA MARTIANA

Hay hombres que son memoria antes de ser carne. Que ya estaban escritos en el viento de las Antillas, en la profecía que José Martí dejó sembrada como una estela de fuego: “Los hombres son como los astros, que unos dan luz de sí y otros reflejan la que reciben”. La noche tropical de Oriente, cuajada de estrellas y zafra, vio nacer el 13 de agosto de 1926 a un astro que no reflejaría la luz ajena, sino que ardería con luz propia hasta abrasar las estructuras de un continente.

por la Dra. Anarella Vélez Osejo

Con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar

—José Martí, Versos sencillos

Hay hombres que son memoria antes de ser carne. Que ya estaban escritos en el viento de las Antillas, en la profecía que José Martí dejó sembrada como una estela de fuego: “Los hombres son como los astros, que unos dan luz de sí y otros reflejan la que reciben”. La noche tropical de Oriente, cuajada de estrellas y zafra, vio nacer el 13 de agosto de 1926 a un astro que no reflejaría la luz ajena, sino que ardería con luz propia hasta abrasar las estructuras de un continente. En Birán, finca hija de la provincia que hoy llamamos Holguín, la tierra colorada recibió el llanto de un niño al que pusieron Fidel Alejandro. Ángel Castro, su padre, gallego de raíz honda, y Lina Ruz, campesina de manos sabias, no imaginaban que aquel hijo era la semilla martiana que aguardaba, durante décadas, reventar en huracán.

La tierra no hace distingos, pero el orden social sí. Fidel creció entre el sudor de los cortadores de caña y la mesa servida; aprendió a leer la injusticia en los rostros oscuros de los braceros haitianos, en las muchachas sin escuela, en la fecundidad de una naturaleza explotada por los centrales azucareros. Su paso por los colegios católicos de Santiago de Cuba no apagó la brasa: le dio el hábito del rigor y el hambre de respuestas. La Universidad de La Habana fue el crisol donde el estudiante de Derecho comprendió que la ley sin justicia es un papel mojado, y que el verdadero abogado del pueblo debía sostener la causa de los humildes con la palabra y con la acción. Se graduó en 1950, pero su tesis no estaba en los códigos: estaba en la calle, en la militancia del Partido Ortodoxo, en el eco de Eduardo Chibás que clamaba contra la corrupción como quien anuncia un apocalipsis redentor.

La revolución, sin embargo, no es una palabra académica. Fidel la entendió como un alumbramiento, y la definió años después con la precisión de quien ha parido un mundo: “Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos”. Aquella definición –hoy esculpida en la conciencia de los pueblos– ya estaba latente el 26 de julio de 1953, cuando el joven abogado y un puñado de soñadores asaltaron el cuartel Moncada. No fue una derrota: fue la siembra de un verbo que viajaría más rápido que las balas. Al caer preso, convirtió el juicio en trinchera. “La Historia me absolverá”, dijo, y en ese instante fundó el programa de una nación: la reforma agraria, la educación para cada hija del campo, la dignificación de la mujer relegada, la salud como derecho y no como mercancía. En aquel alegato, Fidel ya era feminista sin etiquetas, ecologista primitivo que reclamaba la tierra para quien la trabaja, internacionalista en potencia al erigir un derecho común por encima de fronteras y privilegios.

El presidio modela a los grandes. La Isla de Pinos fue fragua de lectura y convicción. Al ser liberado en 1955, Fidel marchó a México no como exiliado errante, sino como juntador de fuegos. Allí, el abrazo con su hermano Raúl y con un médico argentino de ojos insomnes, Ernesto Che Guevara, fue la alquimia que necesitaba la historia. Compraron un yate de pesca que era una cáscara de nuez, y le pusieron un nombre que sabía a surco y a madre: Granma. El 2 de diciembre de 1956 desembarcaron en una playa de lodo y manglar. Los recibió el desastre y la dispersión, pero la Sierra Maestra los estaba esperando con su silencio vegetal, como espera la matriz a la criatura. Allí la revolución se hizo naturaleza viva. Fidel, barbado y vertical, predicó un marxismo que no bajaba de dogmas, sino que subía del humus. “Ser cultos para ser libres”, repetía con Martí, mientras bajo los árboles enseñaba a leer a los campesinos, prohibía talar el cedro que daba sombra al futuro y compartía con Celia Sánchez la estrategia de una guerrilla que era, sobre todo, una escuela de amor a la tierra.

Porque Celia fue flor y brújula. Y Vilma Espín, más tarde, fue savia y estructura. La Sierra fue el útero donde la mujer empuñó el fusil y la mochila, donde se demostró que la revolución sería feminista o no sería, que la mitad del cielo no podía seguir callada. Fidel lo supo siempre: “La mujer es la Revolución dentro de la Revolución”, afirmó, y en esa frase resumió décadas de transformación que arrancarían a la mujer de la sombra de la cocina para sentarla en la cátedra, el laboratorio y el Parlamento.

La madrugada del Primero de Enero de 1959 fue un parto de toda América. La Revolución triunfó, y Fidel asumió como Primer Ministro en febrero con la energía de una riada. No llegó a un trono: llegó a la tierra. Y comenzó la tarea titánica de “cambiar todo lo que debe ser cambiado”. La Reforma Agraria fue un acto de justicia poética y ecológica, devolviendo el latifundio a manos campesinas como quien devuelve el río a su cauce. La Campaña de Alfabetización de 1961 fue un ejército de luz: cien mil jóvenes, muchachas en su mayoría, marcharon a los rincones más oscuros de la geografía para enseñar las letras. Con cada paleta que escribía “A” se rompía una cadena, se liberaba una voz, se honraba el precepto martiano: “Al venir a la tierra, todo hombre tiene derecho a que se le eduque, y después, en pago, el deber de contribuir a la educación de los demás”. Cuba se alfabetizó, y en esa proeza la mujer campesina, que antes solo conocía el surco, despertó letrada y soberana.

El imperio rugió. La invasión de Bahía de Cochinos en 1961 fue el zarpazo de quien no soporta jardines en el cráter de su dominio. Y allí, en Playa Girón, Fidel fue Marte y fue Martí al mismo tiempo. En menos de 72 horas, la joven Revolución derrotó a los mercenarios, y en medio de las detonaciones proclamó el carácter socialista de la gesta. El socialismo cubano nacía no de un gabinete, sino de la epopeya, con fusil y cartilla, con médico rural y con reforma urbana. Fidel articuló entonces lo que más tarde llamaría un principio irrenunciable: “Ser internacionalista es saldar nuestra propia deuda con la humanidad”. Porque aquella isla mínima se agigantó para sanar al mundo. Médicos cubanos partieron hacia el África profunda, hacia las selvas de América Latina, hacia Haití devastado, hacia los rincones donde la geopolítica olvida a los pobres. Alfabetizadores en Nicaragua, instructores en Angola, brigadas de la solidaridad que tejían un mapa de ternura por encima de las banderas. En la batalla de Cuito Cuanavale, la sangre cubana regó la dignidad de los pueblos africanos, y el apartheid empezó a resquebrajarse. Fidel entendió el internacionalismo no como una dádiva, sino como una consecuencia natural del amor: porque “Patria es humanidad”, había sentenciado Martí, y él lo llevó hasta las últimas consecuencias.

La dimensión ecológica de Fidel brotó con el tiempo, como el árbol que primero echa raíces y luego copa. En 1992, en la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro, el Comandante, ya sesentón y curtido, pronunció un discurso brevísimo y fulminante: “Una especie está en peligro de extinción: la especie humana”. Denunció el consumismo depredador, la lógica suicida del capital que convierte el planeta en mercancía. Mucho antes, la Revolución ya había emprendido la reforestación masiva, la protección de los manglares, la agricultura orgánica por necesidad y luego por convicción. Bajo el bloqueo criminal, Cuba aprendió a respetar la tierra como aliada, no como botín. Fidel profetizó que “mañana será demasiado tarde para hacer lo que debimos haber hecho hace mucho tiempo”, y su voz se volvió semilla en los movimientos ecologistas del Sur global.

Casi cincuenta años al frente de los destinos de la isla –Primer Ministro hasta 1976, luego Presidente del Consejo de Estado y de Ministros– dieron forma a una obra que, más que cemento, levantó conciencias. Fidel ejercía el poder no como jerarca, sino como pedagogo de multitudes, convencido de que “trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra”. La suya fue una revolución que hizo del hospital una escuela y de la escuela un hogar; que puso la ciencia al servicio del pueblo y vacunó contra la ignorancia; que dignificó a la mujer con leyes y oportunidades, aunque sabía que la batalla cultural dura más que las legislaturas. La Federación de Mujeres Cubanas, fundada en 1960 bajo el impulso de Vilma Espín, se convirtió en un dique de derechos que transformó la vida cotidiana, porque el feminismo de Fidel era el del pan compartido, el del salario igualitario, el de la pluma en manos de la muchacha negra.

La carne, que era de olivo y ciclón, comenzó a pedir reposo. En 2008, con la entereza del árbol añoso que cede su savia al bosque nuevo, delegó el poder en su hermano Raúl. No fue abdicación, fue siembra continua, acto de confianza en que la Revolución no depende de un hombre sino de un pueblo. “Nada podrá detener el curso de la historia”, había dicho en sus últimos años, invocando la certeza de que la lucha sigue mientras haya un ser humano sin justicia.

El 25 de noviembre de 2016, Fidel entró en la inmortalidad. La Habana sintió la orfandad de un padre, pero también la certeza de que su obra camina con pies de médico en África, con manos de alfabetizador en el Caribe, con la voz de la científica que descubre una vacuna contra el olvido. Murió en La Habana, pero nació en la eternidad de los pueblos que no aceptan la derrota. Su cuerpo retornó a la semilla, y su legado es hoy el panel solar que brilla en la escuela rural, la cooperativa agroecológica, la brigada internacionalista Henry Reeve que desafía pandemias en todos los continentes.

Fidel Castro Ruz fue la respuesta viva al verso de Martí que encabeza estas palabras. Echó su suerte con los pobres de la tierra, y al hacerlo la tierra misma se transformó. La Revolución que él definió como “cambiar todo lo que debe ser cambiado” sigue siendo esa marea verde y violeta que no se resigna al muro ni a la extorsión. Su concepto de revolución, profundo y ecuménico, abraza la defensa del humus y de la mujer, de la estrella y del niño, del próximo y del lejano. La mejor tradición literaria latinoamericana –aquella que une a Martí, a Neruda, a Galeano y a tantos otros– encontró en Fidel a un personaje de carne y hueso que demostró que la utopía es posible si se camina junta. Porque, como el Apóstol, supo que “la única fuerza y la única verdad que hay en esta vida es el amor”. Y Fidel, amándolo todo, lo cambió todo. Hoy, cuando alguien escucha la palabra “Revolución”, en algún rincón del mundo palpita un pedacito de aquel niño de Birán que decidió, para siempre, echar su suerte con los pobres de la tierra. Y esa suerte, ya lo vemos, es la de todos.

Sobre la autora:

Dra. Anarella Vélez Osejo es historiadora, escritora, ensayista y promotora cultural hondureña. Este texto corresponde a su ponencia presentada durante el primer evento conmemorativo del Centenario de Fidel Castro Ruz, llevado a cabo en Tegucigalpa, Honduras organizado por la Asociación de Amistad Honduras Cuba y Grupo Cultural Coquimbo.

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