El 26 de julio en Honduras fue el dia en que este país hace honor al peso trágico de su propio nombre: Honduras duele por lo profundo, por lo hondo que ha caído. Y lo mas peligroso es que olvidemos la importancia de resistir.
Hay días (como fue el domingo 26 de Julio del 2026) en los que este país se siente como un callejón sin salida. Días en los que pesa la impotencia de admitir que nos confiamos, que creímos que la justicia venía en un avión hacia el norte y que con la partida del capo el problema estaba resuelto. Olvidamos que el monstruo no era solo un hombre, sino una estructura; nos faltó firmeza para desarticular las redes que dejó vivas, para extirpar de raíz la configuración de despojo que el Partido Nacional incrustó en todos los niveles. Y la consecuencia de no haber sido tajantes hoy nos explota en la cara.
El regreso de Juan Orlando Hernández no se trata del retorno de un exconvicto cualquiera, o del regreso de un exiliado. Ocurre impulsado por el fracaso de la administración Biden y el reacomodo de un escenario estadounidense bajo la sombra de Trump que vuelve a jugar a los dados con nuestra soberanía. JOH no vuelve derrotado; regresa con más poder, con alianzas refinadas, con una capacidad política y económica voraz, listo para destripar a quien se le ponga enfrente.Y ahora no hay nada que lo detenga.
Lo escalofriante no es solo su llegada, sino la amnesia colectiva que la acompaña y el lavado de cara orquestado por los medios de comunicación. Transmisiones en vivo, fotos y videos del reencuentro familiar y un recibimiento propio del reinicio de una campaña política embriagante que le deja un mal sabor de boca a cualquier persona capaz de hacer sinapsis. Entrar a redes sociales es someterse a un bombardeo vil que pretende convertir la tiranía en martirio y la impunidad en acto de fe. Quienes hoy lo celebran parecen haber borrado de un plumazo el desfalco al Seguro Social, los muertos por la represión en las calles, la persecución sistemática, los hondureños que han tenido que emigrar por culpa de la extorsión, el narcotráfico infiltrado en el Estado y la violación flagrante a la Constitución para imponerse en el poder.
Nos pasa lo mismo que aquel Macondo de Gabriel García Márquez cuando fue atacado por la peste del insomnio: al principio a nadie le preocupó la falta de sueño, hasta que descubrieron la verdadera naturaleza de la condena. “Lo más temible de la enfermedad del insomnio no era la imposibilidad de dormir… sino su inexorable evolución hacia una manifestación más crítica: el olvido”.
En Honduras padecemos esa misma peste. Olvidamos la utilidad de la indignación, el nombre de nuestros muertos y el rostro de nuestros verdugos, hasta arriesgarnos a quedar hundidos en una idiotez sin pasado.
Como escribía Eduardo Galeano en El libro de los abrazos, “el sistema nos vacía la memoria o nos llena la memoria de basura, y nos enseña a repetir la historia en lugar of hacerla”. Y en este territorio fracturado, esa basura mediática ha echado raíces.
Hace apenas unos meses los audios filtrados nos advertían la vuelta del capo, pero el país prefirió el gesto incrédulo, la risa condescendiente, la ceguera cómoda. Nadie lo tomó en serio. Hoy es una realidad aplastante. Tan grande que no hace falta cuestionar la veracidad de los audios, solo basta con ver la realidad que nos ha tocado vivir.
Pero equivocados están quienes piensen que nos enfrentaremos a él bajo las mismas condiciones de antes. Las reglas cambiaron. Ya no existe el margen de participación política que antes habitábamos; el pragmatismo murió y el sistema político hoy busca desechar de golpe a la resistencia y a todo proyecto alternativo. La consigna de la estructura que vuelve no es negociar: es la aniquilación y la desaparición de toda oposición crítica.
En días así, surgen dos preguntas: ¿realmente este país tiene arreglo? y la mas importante ¿Qué vamos a hacer? si es que aun queda algo por hacer cuando la contradicción del propio pueblo acelera su propia condena.
Para muchos quizás la respuesta a la primera interrogante es: No.
¿Pero realmente vamos a dejar que nos arrebaten lo poco que nos queda? Sabemos quienes llevamos tiempo en esto que los procesos son así. (duele reconocer que los mismos no son lineales) agregando no solo que la desesperanza nos lleva a algo más peligroso: la inacción. Y además reconociendo que aunque hemos elegido la vía democrática para transformar un país,(no fue suficiente) por que en realidad estamos a merced de la voluntad política de un presidente allá en el norte cuya lucidez se ha empezado a cuestionar hasta por miembros de su propio partido. Quizás hay que reformular la pregunta y decir “¿Por qué debemos de permitir que desde despachos en el extranjero se dicte nuestro destino?»
Con la respuesta a la segunda interrogante: Poniendo las cosas en la balanza, es verdad que como país hemos atravesado situaciones complejas, pero lo que sucede ahora se siente aún más sombrío. En el pasado supimos hacernos un nudo como pueblo, incluso con todo en nuestra contra. Hoy el tablero geopolítico favorece a los entreguistas y fascistas, y es innegable que la respuesta al qué hacer aún está por verse, pero lo fundamental en esto es la organización y la unidad.
La respuesta tampoco está en el optimismo ciego, sino en la dignidad. Jamás, bajo ninguna circunstancia, la desesperanza propia ni la ajena será el pretexto para entregar nuestro criterio a los mismos que han destruido esta tierra. Nos queda la resistencia del pensamiento, la necesidad de tener memoria y la negativa rotunda a arrodillarnos: ejercer la memoria con todos, todos los días, hasta el cansancio. Lo que viene será muy duro, y si perdemos el tiempo en divisiones, solo nos demoraremos más en encontrar esa respuesta. No nos confiemos pero tampoco es tiempo de bajar la cabeza.


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