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MIRADAS. La mano con sangre de Trump y el gesto del Cuti Romero y Almada

Los dos jugadores del seleccionado argentino evitaron darle la mano al presidente de Estados Unidos en la entrega de medallas. Ese desplante al hombre que se lleva a todo el mundo por delante, no pasó inadvertido. Dos jugadores formados en clubes de barrio, uno en Córdoba y otro en Fuerte Apache, lo ignoraron. El capitán de los españoles, Rodri, también quiso impedir que el magnate se colara en la foto del festejo.

Por Gustavo J. Veiga.

En la era de la boludez, cualquier gesto digno se vuelve más nítido. Si es político resulta notable. Y si lo hacen dos tipos que no integran la casta ni son funcionarios, resulta edificante. Había que estar de pie en esa tarima frente a un criminal de guerra, a la espera de que entregara las medallas de plata y a tiro de cualquier cámara. Con la bronca contenida por una derrota todavía fresca y a minutos de la ilusoria tabla de salvación de los penales.

  Trump había recibido abucheos y silbidos cuando pisó la cancha. Infantino también. Dos que se quieren, pero no quiere casi nadie. Parecían sujetos de amianto a prueba de incendios. Los jugadores españoles festejaban el justo título mundial y los argentinos sufrían con hidalguía. Messi fue mutando del gesto incrédulo al llanto. Debía cumplirse el protocolo de la premiación que se alargó demasiado.

  Cuando comenzó el desfile hacia la pasarela, uno a uno y en fila india, cada campeón y subcampeón subieron hacia donde estaba el presidente de Estados Unidos. Lo acompañaban el obsecuente dirigente de la FIFA, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum y el primer ministro de Canadá, Mark Carney. Pasaron los árbitros y después los jugadores de Scaloni. Cada uno digirió el momento como pudo. No estaban para ceremonias. Delante estaba el personaje más impopular del planeta en un momento de audiencia pico.

  Con un tibio apretón de manos, el ceño fruncido o sin mirarlo a los ojos, lo saludaron unos cuantos. Pero hubo dos que lo ignoraron por completo. Cuti Romero y Thiago Almada. Le hicieron “ole”, como si gambetearan un cono de entrenamiento. El gesto pareció imperceptible en la dinámica de la transmisión, pero no después. Cuando los editores de TV o en las redes cloacales hicieron el trabajo fino. Muchos medios incluyeron a Licha Martínez en el esquive a Trump, pero no fue así. Le dio la mano sin mirarlo.

  Ese gesto simbólico con el hombre que se lleva a todo el mundo por delante, no pasó inadvertido. Dos jugadores formados en clubes de barrio, uno en Córdoba y otro en Fuerte Apache, lo ignoraron. Si quisieran podrían contarle a sus hijos y nietos que no estaban para eso. Ser la claque de una fiesta que no era la de ellos.

  Lo que pasó, entre tanta crueldad indisimulada de los señores feudales del planeta, nos redime de otros tiempos. Tiempos de manos que se extendían para saludar a tiranos en tertulias mundialistas, como en el ’78. O más recientes con la Casa Blanca como escenario. Veníamos bien después de la bandera por Malvinas que mostró la selección cuando le ganó a Inglaterra. Otro gesto de alto impacto que recordó la soberanía argentina sobre las islas.

 Pero no hubo solo demostraciones de rebeldía en nuestro seleccionado. Medios españoles destacaron la actitud de Rodri, el capitán español, un futbolista de bajo perfil que no tiene redes sociales y es universitario. Cuando se esperaba la foto del campeón en plena celebración y Trump hacia lo posible para conseguir un lugar en ella, pasaron dos cosas: Rodri deslizó su mano derecha suavemente por la espalda del magnate como invitándolo a irse.  Infantino tuvo que correr hacia donde estaba el presidente de EE.UU y le pidió con una sonrisa que debía hacerse a un lado. Con cierta resistencia, el magnate condenado por acoso sexual y sospechado de pedófilo, se corrió hacia un extremo del festejo. ¿Qué comentaron los periodistas de Rodri? Que había demorado en levantar la Copa de manera deliberada para que él y sus compañeros se quedaran sin compañías incómodas en el escenario.  

 Este Mundial en el corazón del imperio fue el preámbulo de la resurrección del macartismo ya anunciado por el secretario de Estado, Marco Rubio. El destino manifiesto de EE.UU está plagado de nuevas miserias por venir. Trump seguramente anunciará más sanciones a países indóciles esta semana, una medida más para profundizar el bloqueo genocida contra el pueblo cubano o si sigue bombardeando la república islámica de Irán.

  El fútbol, juego noble y movilizador de pasiones, esta vez dejó desnudo al poder político mundial. Y lo hizo en su propia casa. Fue obra de jugadores que con la herida de la derrota todavía abierta, se negaron a ofrecerle su mano generosa a un tirano. Ese fue el hecho concreto. No hay que idealizarlo, ni romantizarlo, ni tampoco creer que es revolucionario. El gesto de Romero y Almada es sí un poco de aire fresco entre tanta crueldad generalizada y boludez bien cotizada.

  Valió tanto como un gol sobre la hora o todo lo que pusieron en cada partido. Gracias por el subcampeonato y también por ese gesto. Y si la FIFA y los políticos, Trump, Milei o quien fuera, no quieren que la política se confunda más con el juego, salgan de las fotos y quédense en sus palcos con aire acondicionado y vidrios blindados.

Fuente: Web Derribando Muros, de Gustavo Veiga

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