Nos gusta decir que somos un país de inmigrantes, que recibimos con los brazos abiertos a nuestros abuelos europeos. Pero esto no siempre fue así. Y tampoco es así con los inmigrantes de hoy. Una discusión que no queremos dar.
Por Mariano Saravia
Hoy, 4 de setiembre, se conmemora en Argentina el Día del Inmigrante. Probablemente en las radios pondrán alguna tarantela o algún pasodoble, llenándose la boca con “nuestros abuelos italianos y españoles”. Seguramente en los paneles televisivos de todólogos se volverá sobre aquel cliché de la Argentina como “crisol de razas”, una expresión horrible, por dos motivos. Primero, porque es muy de ignorante seguir hablando de razas en relación al género humano. No existen razas, aunque sí existe el racismo. Segundo, porque un crisol es una máquina en la que los metalúrgicos meten distintos materiales y los funden para lograr uno nuevo y distinto. Alguien quiso hacer eso con poblaciones humanas y sabemos lo que resultó, el más conocido lo intentó en Alemania durante los años 30 y 40 del siglo XX.
Cosas por el estilo se verán y escucharán hoy en los medios, cada vez más mediocres. Pero poco de discusión sobre un tema que sigue siendo tabú en la Argentina.
Empecemos por decir que fue el peronismo el que instauró este día en el año 1949 en recuerdo del decreto del Primer Triunvirato, del 4 de setiembre de 1812, que garantizaba a cualquier persona, de cualquier lugar del mundo, que podía llegar a lo que entonces se conocía como Provincias Unidas del Río de La Plata. A partir de la Constitución de 1853 se garantiza la apertura de la frontera para cualquier ser humano, de buena voluntad que quiera habitar en el suelo argentino. Así reza el Preámbulo.
Y sí, fuimos y somos un país de inmigrantes. Pero ojo, es una barbaridad seguir repitiendo lo que dijo en su momento el ex presidente Alberto Fernández, aquello de que “todos los argentinos descendemos de los barcos”. Es decir, que todos los argentinos descendemos de inmigrantes europeos. Ese es el imaginario racista que nos metieron en la cabeza, ocultando que también descendemos de los pueblos originarios, que están más vivos que nunca en nuestra sociedad. Y también descendemos de aquellos que venían de lejos pero no como inmigrantes sino como esclavizados. También somos esa Argentina afro que muchos no quieren ver. Somos afro, somos originarios, y también somos descendientes de europeos, sin ningún crisol que pueda nunca derretir ni disolver las distintas identidades. En la diversidad, somos ricos culturalmente y construimos día a día una nueva identidad.

Inmigrantes llegando a Buenos Aires a fines del siglo XIX. Foto: Archivo de la Secretaría de Cultura de la Nación.
Pero si hablamos estrictamente de aquella inmigración fundacional que entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera parte del siglo XX cambió sin dudas el paisaje social de la Argentina, hay algunas cosas por revisar. Por empezar, que no vinieron los europeos del norte que quería la oligarquía argentina. Muy por el contrario, terminaron viniendo napolitanos, sicilianos, genoveses, piamonteses, gallegos, catalanes, vascos, árabes, armenios, judíos, polacos, irlandeses… Y sí, por ahí algún que otro francés, alemán o inglés. Y, la verdad, no siempre fueron recibidos “con los brazos abiertos” como nos siguen haciendo repetir.
Eran laburantes que escapaban de la miseria, pero no todos encontraron aquí el paraíso para “hacerse la Mérica”. Los que iban al interior con la promesa de que les iban a dar campos fértiles, con suerte se encontraban con un monte tupido y con las manos peladas. En otros casos, tenían que trabajar las tierras de los terratenientes, sobre todo en la llamada “zona núcleo”, o sea las tierras generosas de la “pampa gringa”. Gringa porque era el gringo el que la trabajaba, pero el latifundista que se llenaba los bolsillos no era gringo sino de apellido de la Sociedad Rural Argentina (Martínez de Hoz, Bullrich, Pueyrredón, Anchorena, etc.). Eso explica el Grito de Alcorta, cuando en 1912 los gringos campesinos explotaron ante los abusos de los dueños de las tierras al cobrarles las rentas y esquilmarles sus cosechas.
Hacia finales del siglo XIX y principios del siglo XX, el inmigrante era el nuevo otro, el nuevo peligroso para la clase dominante. El indio había sido definitivamente derrotado e invisibilizado en la “Campaña del Desierto” y la “Campaña del Chaco”. Y al criollo, caracterizado en la figura del gaucho, lo habían convertido, a fuerza de palos, en un dócil peón rural. Entonces, el que venía a cuestionar el establishment ahora era el inmigrante, que muchas veces venía con ideas “raras” de socialismo, anarquismo, sindicalismo.
Por esos años, la Generación del ’80 moldeaba una Argentina antidemocrática, autoritaria, elitista, rica pero injusta. Es la que va a tener un freno con la ley de voto universal y la llegada del radicalismo al gobierno. Por eso el actual presidente Javier Milei siempre dice que la decadencia argentina empieza en 1916, porque añora esa Argentina autoritaria, elitista, injusta y antidemocrática. Uno de los diputados del Partido Autonomista Nacional (prácticamente un partido único) era Miguel Cané, tan buen escritor como perverso en la política. Él fue el autor, en 1902, de la Ley de Residencia, que permitía expulsar de inmediato a cualquier extranjero que participara en protestas sindicales o huelgas. De esta manera, se destruyeron miles de familias, cuando expulsaban al hombre y quedaban aquí la mujer y los hijos.
Las grandes masacres de principios del siglo XX tuvieron a los inmigrantes como objetivo: Semana Trágica (1919), Forestal (1921), Patagonia Rebelde (1922). Los niños bien de la Liga Patriótica de Manuel Carlés o más adelante los fascistas de Hugo Wast salían “a la caza del inmigrante”. En enero de 1919 hubo un pogrom en Buenos Aires y en una noche quemaron vivos a 200 judíos.
Y si no llegaban a tanto, los niveles de violencia simbólica también hacían lo suyo: pata sucia, tano asqueroso, gallego de mierda, cocoliche, hablá bien antipatria. Los apodos no son inocentes: decir “tano” era tan despectivo como decir “gallego”, sobre todo si el inmigrante no era ni de Nápoles ni de Galicia. Todos los judíos eran “rusos” porque venían con pasaporte del Imperio Ruso, y todos los sirios, libaneses y armenios eran “turcos”, porque venían escapando del Imperio Otomano. Un verdadero insulto para ellos.
Por todo esto, tratar livianamente el fenómeno de la inmigración en la Argentina es faltarnos el respeto a nosotros mismos y, sobre todo, a esos abuelos y abuelas que vinieron a ayudar a construir nuestro país.

Magrebíes en Buenos Aires. Argentina los recibe con mucha má calidez e integración que en culaquier otra parte del mundo, dicen ellos. Foto, gentileza de La Nación.
Pero otra forma de banalizar el tema es hablar de que somos un país abierto y fraternal, mientras acá se sigue discriminando al inmigrante de hoy: al boliviano, al paraguayo, al peruano, al senegalés, al chino o al coreano. Hoy el gobierno de Milei aplica leyes casi tan crueles como la de Miguel Cané, expulsando en 48 horas a cualquier extranjero que moleste. Como excusa, cualquier antecedente penal puede servir. Y ya se sabe, un antecedente es fácilmente inventable, cualquier denuncia falsa se convierte en antecedente y el inmigrante no tendrá tiempo ni de defenderse ni de demostrar su inocencia.
Siguen siendo el chivo expiatorio, para culparlos de la falta de trabajo o de cualquier mal. Pero lo cierto es que sin ellos no se cultivarían verduras en el Cinturón Verde de Córdoba ni habría ladrillos para construir. Y tantas cosas más.
Eduardo Galeano decía en El libro de los abrazos: “El culpómetro indica que el immigrante viene a robamos el empleo y el peligrosímetro lo señala con luz roja. Si es pobre, joven y no es blanco, el intruso, el que vino de afuera, está condenado a primera vista por indigencia, inclinación al caos o portación de piel. El pánico a la pérdida del empleo es uno de los miedos más poderosos entre todos los miedos que nos gobiernan en estos tiempos del miedo, y el inmigrante está situado siempre a mano a la hora de acusarlo como responsable del desempleo, la caída del salario, la inseguridad pública y otras terribles desgracias”.
El miedo es un proyecto político, y usa estas trampas para seguir destruyendo todo.
Pero en última instancia, todos y todas somos inmigrantes, porque incluso los primeros pobladores de América, llegaron caminando por el Estrecho de Bering congelado.
Como canta Jorge Drexler: “Apenas nos pusimos en dos pies, comenzamos a migrar por la sabana. Somos una especie en viaje, no tenemos pertenencias, sino equipaje. Estamos vivos porque estamos en movimiento. Somos padres, hijos, nietos y bisnietos de inmigrantes. Yo no soy de aquí, pero tú tampoco. De ningún lado del todo y, de todos lados un poco”.
Feliz día.
Fuente: https://www.cba24n.com.ar/



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