
Por Alejo BRIGNOLE
A 50 años del asesinato de Monseñor Enrique Angelelli, su figura emerge no solo como un símbolo eclesiástico de la opción por los pobres, sino como un faro de resistencia popular frente las devastaciones del norte rico y los diseños oligárquicos en América Latina. Para comprender al obispo mártir riojano, hay que desarticular primero el andamiaje discursivo con que el terrorismo de Estado —y sus brazos mediáticos — intentó disfrazar de «accidente vial» lo que fue un crimen político planificado.
Al asumir la diócesis de La Rioja en 1968, Angelelli no eligió la comodidad de los despachos cardenales ni la complacencia con los ricos de la provincia. Fiel a las corrientes transformadoras del Tercer Mundo y el Concilio Vaticano II, tradujo la Fe en praxis revolucionaria. Su máxima de tener «un oído en el pueblo y otro en el Evangelio» no era un eslogan lírico; era un programa de soberanía popular. Al impulsar cooperativas agrarias y sindicalizar a los peones rurales, Angelelli tocó el nervio más sensible de la reacción feudal argentina: la propiedad de la tierra y el control de los cuerpos explotados. Su labor fue, en esencia, una batalla cultural contra la alienación y la enajenación capitalista en el interior profundo de nuestra Patria.
La pedagogía del terror: El plan Cóndor en la Ruta 38
En agosto de 1976, tras el derrocamiento de la democracia y la instalación del proyecto neoliberal y entreguista de la junta militar, la diócesis riojana se convirtió en un territorio bajo asedio. Los brutales crímenes de los sacerdotes católicos Gabriel Longueville y Carlos de Dios Murias en Chamical eran el preludio de algo todavía más siniestro y autorizado desde las sombras del Estado represor.

Angelelli: el pastor que la dictadura no pudo sepultar
El 4 de agosto, Angelelli viajaba con las pruebas documentales que vinculaban directamente a los mandos castrenses con esos asesinatos. La emboscada en la Ruta 38, a la altura de Punta de los Llanos, ejecutada mediante el encierro del vehículo por parte de fuerzas de tareas, consumó el la eliminación de un elemento disruptor y peligroso por su compromiso sin fisuras, como tenía el obispo Angelelli. Aquel vuelco provocado no fue un accidente vialdel camino; fue una operación comando dictada por los mismos sectores que veían en la Iglesia del pueblo una amenaza directa para el orden neocolonial disfrazado bajo la Doctrina de la Seguridad Nacional.
El desmontaje de la farsa oficial requirió décadas, muchos libros investigativos, pensamiento crítico y una batalla abierta contra el olvido programado. En 2009, la rigurosidad científica de los peritajes demolió definitivamente el relato de la dictadura. Pero recién en 2014, los tribunales populares de la democracia condenaron a cadena perpetua a los jerarcas militares Luciano Benjamín Menéndez y Luis Estrella.
De la periferia al altar popular:
En 2019, la beatificación de Angelelli ratificó que la verdad histórica no se arrodilla ante las estructuras burocráticas contaminadas y al servicio del sistema. El Papa Francisco se encargó de que así fuera.
El calvario de Angelelli no se explica únicamente por la ferocidad de los uniformados; se consumó también al amparo del silencio corporativo y la complicidad orgánica de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) de la época. Mientras el obispo riojano denunciaba las amenazas de muerte en su contra y el asesinato de sus laicos y sacerdotes, la jerarquía eclesiástica —encabezada por figuras alineadas al poder castrense como el cardenal Raúl Primatesta o el nuncio apostólico Pío Laghi— optó por mirar hacia otro lado, priorizando los pactos de convivencia con la junta militar por sobre la vida de sus propios pastores.
La institución eclesial operó entonces como un dispositivo de contención ideológica. Monseñor Angelelli fue deliberadamente aislado, tildado sutilmente de «subversivo» o «rebelde» dentro de los pasillos eclesiásticos. Tras el magnicidio en la Ruta 38, la jerarquía convalidó de inmediato la farsa del «accidente», colaborando activamente en el sepultamiento de las pruebas y en la desactivación del legado pastoral riojano. Aquella cúpula clerical prefirió comulgar con los verdugos antes que defender el Evangelio de los desposeídos.
La disputa no era menor: la Teología de los Sacerdotes para el Tercer Mundo representaba un quiebre geopolítico trascendental. En plena Guerra Fría, mientras el imperialismo norteamericano diseñaba la Doctrina de la Seguridad Nacional para resguardar su hegemonía en el Cono Sur, la Iglesia del pueblo proponía una pastoral de emancipación. Para las fuerzas de la reacción, que concebían al catolicismo como el guardián ideológico del statu quo y de las jerarquías tradicionales, un obispo que organizaba la base social era leído como un agente de la «subversión marxista» que debía ser extirpado.
Los nombres y los hombres dentro de esta trama de encubrimiento institucional.
El entonces Nuncio Apostólico en Argentina, Pío Laghi, tejía lazos de extrema cordialidad y jugaba al tenis con el almirante Emilio Massera en los mismos meses en que los centros clandestinos de detención funcionaban a pleno rendimiento. Laghi recibió las advertencias desesperadas de Angelelli. En una misiva del 5 de julio de 1976, el obispo le escribió de puño y letra: «Personalmente los sacerdotes y las religiosas somos humillados… nuevamente he sido amenazado de muerte». La respuesta del enviado papal fue el frío desamparo diplomático.
Como presidente de la CEA, el Cardenal Raúl Primatesta encarnaba la política de pactos y connivencia pacífica con la junta militar. Semanas antes de su muerte, cercado por el asedio militar en su propia provincia, Angelelli le remitió una carta desgarradora a Primatesta detallando el hostigamiento, las requisas y la persecución a sus catequistas por parte del Batallón de Ingenieros de La Rioja. La cúpula episcopal prefirió archivar los reclamos y sostener el pacto de gobernabilidad clerical con los dictadores.
Si bien operaba en la provincia de Buenos Aires bajo el ala de Ramón Camps, la figura Christian Von Wernich, capellán de la Policía Bonaerense —luego condenado por delitos de lesa humanidad— simboliza la radicalización de un sector del clero que no solo callaba, sino que entraba activamente a los centros clandestinos a justificar la tortura en nombre de la «civilización cristiana».
A medio siglo de su siembra, recordar a Enrique Angelelli nos exige ir más allá de la mera efeméride eclesiástica. Su legado es una herramienta pedagógica para las nuevas generaciones frente a una sociedad global robotizada, recordándonos que el compromiso con los desposeídos se defiende, si es necesario, entregando la propia vida en el barro de los «condenados de la Tierra», como lso llamara el caribeño Frantz Fanon, otro luchador por otro mundo posible. Como el obispo Angelelli.
* Escritor y periodista.


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