Por Estefanía Aguilar
Mientras las sanciones de Estados Unidos contra Cuba se renuevan semana tras semana con una saña metódica, en América Latina asistimos a un resurgimiento de la ultraderecha que amenaza con dejar sola a la isla en su resistencia. Cualquiera podría pensar que son dos fenómenos separados. Pero son las dos caras de una misma moneda: aislar a Cuba para desactivar el ejemplo incómodo de un país que, pese al bloqueo más prolongado de la historia, sigue negándose a claudicar.
I. El blanco fijo: sanciones que no cesan
El 23 de junio de 2026, el secretario de Estado de la administración Trump, Marco Rubio, anunció una nueva ronda de penalizaciones contra Cuba. Cinco empresas cubanas (el Banco Financiero Internacional BFI, Rafin, Almacenes Universales, GeoMinera y la Siderúrgica José Martí) fueron añadidas a la lista de sancionados.
Es la continuidad de una campaña de asfixia multidimensional que se ha intensificado durante 2026. Apenas semanas atrás, Washington incluyó en su lista a la estatal Unión Cuba-Petróleo (CUPET), afectando directamente el suministro de energía para hospitales, plantas de generación y sistemas de abasto de agua. Con esta nueva ronda, el Departamento de Estado lanzó una advertencia explícita de carácter extraterritorial: cualquier banco extranjero o corporación que mantenga operaciones con estos actores corre el riesgo de ser sancionado.
El mensaje es claro: Cuba sigue siendo un objetivo fijo. No hay tregua. No hay negociación posible bajo estas condiciones.
El presidente Donald Trump lo ha dicho sin rodeos: después de «ocuparse» de Irán, «harán una breve parada» en Cuba. «Tenemos algunos planes muy buenos para Cuba», afirmó, y agregó: «tenemos que deshacernos» del gobierno en La Habana. La escalada verbal de Trump (cuyas frases absurdas son de conocimiento de todos), son la confirmación pública de una estrategia largamente ensayada.
II. Los tres escenarios del imperio
El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, ha sido categórico al describir los escenarios que Washington contempla contra su país:
Provocar un estallido social mediante la asfixia económica, para luego intervenir bajo el pretexto de «ayuda humanitaria».
Apoderarse de la economía cubana a través de un diálogo coercitivo de máxima presión, para provocar un cambio del sistema político.
Una agresión militar directa, la opción que siempre está sobre la mesa cuando el bloqueo no logra su objetivo.
Estos tres escenarios son el plan de guerra confeso de la mayor potencia del mundo contra una isla de 11 millones de habitantes que, desde hace más de seis décadas, se niega a doblegarse.
III. El cerco energético: el arma más cruel
El bloqueo petrolero decretado por Trump en enero de 2026 ha tenido consecuencias devastadoras. Solo pocos barcos con combustible, proveniente de Rusia y México, han llegado a Cuba en lo que va del año. Las sanciones secundarias amenazan a cualquier país o empresa que exporte combustibles a la isla, una violación de la soberanía de terceros Estados y de la Carta de las Naciones Unidas.
El resultado: cortes eléctricos de hasta 20 horas o mas, desabastecimiento de alimentos y medicinas, y un sistema de salud que lucha por mantenerse a flote.
El coordinador residente de la ONU en Cuba, Francisco Piñón, lo advirtió: el costo más grave del bloqueo «no se mide en inconvenientes, sino en salud». Médicos y enfermeras luchan por mantener el sistema funcionando «bajo condiciones que supondrían un desafío para la atención médica en cualquier lugar», mientras los pacientes esperan «con incertidumbre, buscando una fecha para reanudar su tratamiento, como si la enfermedad pudiera suspenderse».
Esa es la naturaleza del bloqueo: un castigo colectivo que, tal como ha advertido la ONU, obstaculiza incluso la entrada de ayuda humanitaria básica.
IV. La ultraderecha regional: el cerco político
Aquí es donde la historia se vuelve regional y nos interpela directamente como latinoamericanos. El auge de la ultraderecha en países clave de la región tampoco es casualidad, ni parte de estrategias locales. Es parte de una estrategia geopolítica para aislar a Cuba y desactivar su influencia.
La administración Trump ha revertido cualquier flexibilización previa e instaurado un régimen de medidas unilaterales sin precedentes: reinclusión de Cuba en la lista de Estados patrocinadores del terrorismo, activación del Título III de la Ley Helms-Burton (que permite demandas en tribunales estadounidenses contra entidades que «trafican» con propiedades «confiscadas»), persecución financiera a las operaciones bancarias de la isla, y un cerco a las remesas y los viajes que golpea directamente a las familias cubanas.
Pero este cerco no sería tan efectivo sin cómplices en la región. Gobiernos de ultraderecha que se alinean automáticamente con las posiciones de Washington, que miran hacia otro lado cuando se violan los derechos humanos de un pueblo entero, que firman tratados de libre comercio que profundizan la dependencia y que, en el fondo, comparten el mismo objetivo: enterrar el proyecto de integración latinoamericana que Cuba simboliza.
V. El contraste con las políticas de ajuste: empresas vs. personas
Vivimos en países donde la derecha ha regresado con fuerza. Y con ella, el acaparamiento de tierras que despoja a comunidades enteras, las políticas que rescatan empresas en quiebra mientras abandonan a las personas, y los discursos que justifican el ajuste como «necesidad ineludible».
He aquí el contraste:
En los ajustes neoliberales: se privatizan recursos estratégicos, se recortan salarios, se desprotege a las mayorías. El capital es el centro.
En Cuba, bajo bloqueo: el Estado mantiene la hegemonía de las decisiones estratégicas, protege por ley los presupuestos de salud y educación, y rediseña los subsidios para llegar directamente a las personas más vulnerables.
La contradicción moral de la política estadounidense es abismal. Mientras Washington invoca la defensa de los «derechos humanos» para justificar sus agresiones, las medidas unilaterales violan directamente los derechos a la vida, la salud, la alimentación y el desarrollo de toda la población cubana.
VI. Las 176 reformas: resistencia a través de la flexibilidad
Frente a este escenario de guerra económica asimétrica, Cuba ha respondido con un histórico paquete de 176 reformas económicas. Lejos de ser una capitulación ante el libre mercado, las medidas representan una estrategia de resistencia soberana: descentralización municipal, apertura regulada al capital privado y protección social blindada para desatar las fuerzas productivas frente a un bloqueo de máxima presión.
El drástico paquete de 176 reformas aprobado en Cuba en junio de 2026 permite que las empresas estatales se conviertan en sociedades por acciones abiertas a la inversión privada y de la diáspora, eliminando los límites de contratación de las MIPYMES, y autorizando la banca privada y la importación comercial directa. Respaldado por el enfoque de descentralizar el poder hacia los municipios para dotarlos de autonomía financiera y productiva e indexa el salario mínimo a la inflación, buscando migrar de los subsidios universales a la asistencia social directa bajo una retórica que defiende mantener al ser humano en el centro frente al déficit fiscal.
VII. Soberanía es la capacidad de decidir los propios cambios
El verdadero triunfo del antiimperialismo cubano en estas reformas radica en que son decisiones autodeterminadas. El imperio bloquea para forzar un cambio de régimen y una rendición; Cuba cambia sus dinámicas internas para evitar, precisamente, que el bloqueo logre su objetivo.
Díaz-Canel lo expresó con claridad: «No podemos pensar y actuar como en tiempos normales, porque no son tiempos normales». Y añadió: «Tampoco podemos creer que haciendo lo mismo y de la misma manera, podremos superar este difícil momento». Las reformas están destinadas a «romper el cerco de quienes se empeñan en asfixiarnos y lo confiesan sin ningún escrúpulo».
El concepto de Revolución que el Comandante en Jefe nos legó, en sus propias palabras, sigue increpándonos 26 años después. Es tiempo de cambiar todo lo que tiene que ser cambiado.
VIII. Resistir para no estar solos
Quienes vivimos en estos países donde la derecha ha regresado tenemos una responsabilidad: no normalizar el cerco. No callar cuando se sanciona a un país por el crimen de negarse a someterse.
La resistencia no es solo cubana. Es regional. Es nuestra.
El canciller cubano, Bruno Rodríguez, lo resumió con claridad: «Lo que impulsa este individuo [Marco Rubio] desde la mayor potencia del mundo es un crimen». Y añadió: «Cada acción estadounidense destinada a crear un escenario de conflicto entre nuestros dos países está condenada al fracaso» y enfrentará «una unidad y determinación aún mayores de nuestro pueblo».
Pero esa unidad no puede ser solo cubana. América Latina debe recordar que el cerco contra Cuba es un ensayo general para otras formas de dominación. El mismo imperio que asfixia a la isla es el que promueve golpes blandos, elecciones cuestionables, persecución política, sanciones financieras y políticas de ajuste en nuestros países.
Conclusión: La dialéctica de la supervivencia
Las reformas demuestran que la soberanía no es sinónimo de estatismo rígido, sino de la capacidad de un pueblo de adaptar su economía para resistir el asedio exterior sin perder la dignidad ni el control de su propio destino.
Analizar a Cuba desde los lentes de los grandes medios occidentales es un error. Hay que analizarla desde las condiciones de un país bajo una guerra económica permanente, donde el bloqueo no es un telón de fondo sino el motor que obliga a reinventarse. Las 176 medidas son la evidencia de que el socialismo cubano, lejos de ser un dogma congelado, es un proceso vivo que se repliega tácticamente para no desaparecer estratégicamente.
Cuba sigue en la mira de Estados Unidos como objetivo fijo. Las sanciones aparecen todas las semanas. El bloqueo se endurece. La amenaza militar no se descarta. Y la ultraderecha regional hace el trabajo sucio de aislarla diplomáticamente, de presentarla como un «régimen» que debe caer, de borrar su ejemplo de resistencia.
Pero hay algo que el imperio y sus aliados regionales no han logrado calcular: la capacidad de un pueblo de adaptarse, de reformarse, de cambiar todo lo que tenga que cambiar para preservar lo esencial.
Resistir, en este contexto, más que un gesto simbólico, es una necesidad política. Hablar de Cuba, denunciar el bloqueo, conectar la lucha de la isla con nuestras propias batallas contra el acaparamiento de tierras, el ajuste y la entrega de lo público, es parte de la misma pelea.
En un continente que debate entre el ajuste y la resistencia, Cuba ofrece una lección incómoda pero necesaria: a veces, para preservar lo esencial, hay que adaptarse para resistir. Como bien dijo Fidel: “Revolución es cambiar todo lo que debe de ser cambiado, es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional; es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio; es modestia, desinterés, altruismo, solidaridad y heroísmo; es luchar con audacia, inteligencia y realismo; es no mentir jamás ni violar principios éticos; es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas”…


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