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MIRADAS. FÚTBOL. MUNDIAL 2026. El multiculturalismo del amo.

El economista griego Yanis Varoufakis celebró el triunfo de España como una victoria del “multiculturalismo funcional” y del fútbol sobre la mercantilización. Matías Caciabué señaló la contradicción de un progresismo europeo que denuncia al capital, pero todavía interpreta el mundo con las categorías culturales del colonialismo.

* Por Edgardo Hernán Cardo

De pensar el “tecnofeudalismo” a pensar como un señor feudal puede haber apenas un partido de fútbol. La frase de Matías Caciabué sintetiza la contradicción que atraviesa a la reflexión publicada por Yanis Varoufakis después de la final del Mundial 2026.

El economista griego celebró la “maravillosa cohesión” del seleccionado español frente al “deslumbrante individualismo” argentino. También afirmó que, junto con España, había triunfado un “multiculturalismo funcional y saludable” y que el fútbol había logrado sobrevivir, aunque fuera por poco, a la comercialización y a los negocios que amenazan con destruir su espíritu.

La lectura parece progresista, pero reproduce una concepción profundamente europea del mundo. Presenta como una virtud moral de España aquello que, en buena medida, constituye una consecuencia histórica de la expansión colonial del continente. Europa primero ocupó territorios, saqueó recursos, destruyó economías y forzó desplazamientos. Luego convirtió la presencia de los descendientes de aquellos pueblos en una prueba de su supuesta capacidad integradora.

La diversidad después del saqueo

El multiculturalismo europeo no nació de un encuentro espontáneo y armonioso entre culturas. Es también el resultado de siglos de conquista, colonialismo y subordinación económica. Las sociedades europeas no se volvieron diversas por una apertura desinteresada hacia otros pueblos, sino porque sus imperios intervinieron sobre ellos, alteraron sus estructuras sociales y construyeron las condiciones materiales que todavía impulsan migraciones masivas.

La narración dominante omite ese origen. Empieza cuando los migrantes llegan a las costas europeas y los presenta como un problema externo que el continente debe administrar con mayor o menor generosidad. Desaparecen del relato las guerras, el saqueo, la deuda, la dependencia y la destrucción de las economías que obligaron a millones de personas a abandonar sus territorios.

Dentro de esa operación, Nico Williams deja de representar la historia de quienes atravesaron fronteras, desiertos y el “cementerio de agua” en que Europa convirtió al Mediterráneo. Su imagen se transforma en una postal tranquilizadora de la tolerancia española. Ya no interpela al orden colonial ni recuerda sus consecuencias: sirve para demostrar que la integración funciona.

El término elegido por Varoufakis resulta, en ese sentido, revelador. Hablar de un multiculturalismo “funcional” supone medir la legitimidad de la diversidad según su rendimiento dentro de la sociedad europea. El migrante resulta aceptable cuando marca goles, produce prestigio y representa con éxito a la nación que lo incorporó. La misma persona puede ser considerada una amenaza cuando llega sin documentos, reclama derechos o se niega a ocupar el lugar subordinado que le asignaron.

No se celebra entonces la diversidad como derecho, sino su utilidad para la metrópoli. La historia de supervivencia queda desplazada por una imagen de integración que termina absolviendo a Europa de las condiciones que ella misma contribuyó a crear.

El fútbol español y la ficción de la resistencia

La segunda contradicción aparece cuando Varoufakis identifica a España con la resistencia del fútbol frente a la mercantilización. El elogio omite que su estructura profesional lleva décadas atravesada por las Sociedades Anónimas Deportivas, los fondos de inversión, la especulación financiera y la apropiación privada de instituciones que alguna vez pertenecieron a sus comunidades.

El triunfo deportivo de un equipo que jugó de manera colectiva no modifica esa estructura económica. La solidaridad entre los jugadores dentro del campo no convierte a los clubes empresariales en organizaciones populares ni reduce el peso del capital financiero sobre la competencia. Confundir ambas dimensiones permite transformar un resultado futbolístico en una supuesta demostración de superioridad social.

Frente a España perdió la Argentina de los potreros y los clubes de barrio, donde incluso instituciones gigantescas como Boca y River continúan organizadas como asociaciones civiles sin fines de lucro. Ese modelo presenta contradicciones, dirigencias cuestionadas y profundas desigualdades, pero conserva un principio decisivo: los clubes pertenecen a sus socios y no a un propietario o a un fondo de inversión.

Esa diferencia explica la ofensiva de Javier Milei para imponer las SAD en el fútbol argentino. El gobierno pretende presentar la privatización como modernización, aunque en realidad busca transformar un patrimonio comunitario en un activo financiero. Los clubes dejarían de ser espacios sociales, deportivos y culturales administrados por sus asociados para convertirse en empresas sometidas a la voluntad de sus accionistas.

La mirada que no reconoció a la Argentina

La observación resulta todavía más significativa porque proviene de Varoufakis, quien conoció desde el gobierno griego las imposiciones de la Troika, el disciplinamiento financiero y la pérdida de soberanía frente a las instituciones europeas. Sin embargo, al mirar la final no reconoció en la Argentina una resistencia semejante frente al avance privatizador.

Donde existe una estructura asociativa sostenida por millones de socios, vio individualismo. Donde operan sociedades comerciales, fondos de inversión y capitales privados, creyó advertir la supervivencia del espíritu colectivo. El resultado deportivo reemplazó al análisis político y convirtió al campeón en representante de valores que su propio sistema económico contradice.

La comparación con Grecia no es menor. El gobierno de Milei aplica sobre la Argentina un programa de subordinación económica, entrega patrimonial y apertura al capital transnacional que guarda semejanzas con las políticas que Varoufakis denunció durante la crisis griega. Pese a ello, el economista terminó celebrando como resistencia a uno de los modelos futbolísticos que mejor expresa la penetración empresarial.

El progresismo y sus límites coloniales

El problema excede a Varoufakis. Una parte importante del progresismo europeo cuestiona al capitalismo, denuncia la desigualdad y critica a las corporaciones, pero conserva una mirada colonial cuando observa al Sur Global. Europa continúa apareciendo como medida de civilización, modernidad y tolerancia, mientras las sociedades periféricas quedan reducidas a expresiones atrasadas, individualistas o incapaces de construir instituciones saludables.

Desde esa perspectiva, el colonialismo desaparece como proceso histórico y reaparece bajo el nombre amable de multiculturalismo. Las migraciones forzadas se convierten en diversidad; la explotación, en integración; y los descendientes de los pueblos colonizados, en ejemplos exitosos de una tolerancia concedida desde arriba.

Caciabué señala el núcleo de esa contradicción al vincular el tecnofeudalismo con la mirada de un señor feudal. Varoufakis elaboró aquel concepto para describir un sistema dominado por grandes propietarios tecnológicos que controlan plataformas, territorios digitales y conductas sociales. Sin embargo, frente al Mundial adoptó una lógica similar: clasificó a los sujetos según su funcionalidad, premió simbólicamente al migrante exitoso y convirtió su utilidad para la metrópoli en prueba de una integración virtuosa.

El señor feudal también podía aceptar diferencias dentro de sus dominios, siempre que cada sujeto cumpliera la función asignada y no cuestionara el orden que administraba.

Una copa no reescribe la historia

España ganó el Mundial y ese triunfo pertenece a sus jugadores, a su cuerpo técnico y a su pueblo. Pero una victoria deportiva no convierte al colonialismo en tolerancia, a las SAD en resistencia ni a uno de los mercados futbolísticos más concentrados del planeta en defensor del juego popular.

Argentina perdió una final, pero conserva una tradición asociativa que todavía impide que sus principales clubes tengan propietarios privados. Esa estructura explica por qué el capital financiero y el gobierno de Milei insisten en transformarla: existen millones de socios, estadios, derechos deportivos, patrimonio cultural y pertenencias colectivas que todavía permanecen fuera del mercado.

Una copa puede definir al campeón del mundo. No puede borrar cinco siglos de saqueo ni presentar al antiguo colonizador como ejemplo de diversidad saludable. Mucho menos convertir en gesto emancipador la capacidad de Europa para utilizar, cuando le resultan funcionales, los cuerpos y las historias de quienes sobrevivieron a su expansión.

  • Periodista, analista geopolítico y profesor en filosofía y ciencias sagradas. Fundador y presidente del Instituto de Investigación y Análisis Geopolítico Alexandre Pétion. Fundador y Director periodístico internacional del portal QuintoPoder.ar

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