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MIRADAS. FUTBOL. MUNDIAL 2026. SELECCIÓN ARGENTINA. Malvinas: la bandera que rompió el orden

Después de eliminar a Inglaterra, los jugadores argentinos desplegaron la consigna que la FIFA había prohibido. La lectura del docente y divulgador Damián San García, desde Herbert Marcuse y Jacques Rancière, permite distinguir la rebeldía tolerada por el mercado de un acto político que volvió visible la herida colonial.

* Por Edgardo Hernán Cardo

Argentina acababa de remontar el partido ante Inglaterra. Enzo Fernández había marcado el empate y Lautaro Martínez, el 2 a 1 que depositó a la Selección en otra final del mundo. Pero la escena que desbordó el resultado apareció después del último silbatazo.

Giovani Lo Celso, Lisandro Martínez, Nicolás Otamendi, Cristian Romero y otros integrantes del plantel desplegaron sobre el césped una bandera escrita a mano: “Las Malvinas son argentinas”. La pancarta había llegado desde las tribunas al campo de juego, después de superar el dispositivo que impidió el ingreso de símbolos vinculados con el reclamo soberano. Leandro Paredes completó el mensaje: “Y siempre serán argentinas”.

No fue solamente una celebración futbolística. Tampoco un desborde emocional sin contenido. Fue una intervención realizada en el lugar exacto donde ese mensaje había sido declarado inadmisible.

La tolerancia que no amenaza al poder

El docente y divulgador filosófico Damián San García analizó la escena en un trabajo publicado en su cuenta Clases Particulares de Filosofía. Allí contrapuso el gesto argentino con el tipo de intervención pública que representa Kylian Mbappé.

El capitán francés llamó a votar contra “los extremos”, se pronunció contra el racismo y sostuvo distintas acciones solidarias. No se trata de negar el valor ético de esas posiciones ni de poner en duda su sinceridad. El problema planteado por San García es estructural: esas expresiones circulan dentro de los límites que el propio sistema puede admitir, celebrar y convertir en mercancía.

Mbappé cuestiona aquello que la República francesa, las grandes marcas y las instituciones deportivas también dicen cuestionar. Su discurso genera aprobación, campañas publicitarias y reconocimiento institucional. En 2024, el futbolista llamó a los jóvenes franceses a votar contra los sectores extremistas y defendió valores como la diversidad y la tolerancia. Su intervención provocó respuestas partidarias, pero nunca puso en discusión el núcleo material del poder francés.

Herbert Marcuse llamó “tolerancia represiva” a ese mecanismo. En sociedades atravesadas por profundas desigualdades, la tolerancia aparentemente neutral puede fortalecer el statu quo. El poder ya no necesita censurar todas las críticas. Puede permitirlas, patrocinarlas y absorberlas, siempre que no alteren las relaciones reales de dominación.

La rebeldía con patrocinador denuncia el racismo, pero no necesariamente el colonialismo que lo produce. Celebra la diversidad cultural, aunque permanece en silencio frente a las estructuras económicas y monetarias que conservan relaciones de dependencia.

El franco CFA constituye un ejemplo. Las reformas aplicadas en África occidental eliminaron algunos mecanismos explícitos de tutela, como la obligación de centralizar reservas en el Tesoro francés y la presencia directa de representantes franceses en determinados organismos. Sin embargo, conservaron la paridad con el euro y la garantía de convertibilidad de Francia. Cambió parte de la forma, pero la discusión sobre la soberanía monetaria permanece abierta.

La crítica permitida puede denunciar prejuicios individuales. La crítica política comienza cuando señala a la estructura.

Rancière y la bandera prohibida

Jacques Rancière utiliza la palabra “policía” en un sentido que excede a las fuerzas uniformadas. La policía es el orden que distribuye lugares, funciones y palabras. Decide quién puede hablar, qué puede decirse y qué asuntos deben permanecer fuera de escena.

La política aparece cuando ese reparto se interrumpe. Cuando aquello que había sido declarado invisible ocupa el centro. Cuando una voz situada fuera del guion irrumpe y obliga a reconocer un conflicto que el consenso pretendía clausurar. Ese quiebre es el disenso.

La FIFA organiza selecciones nacionales, reproduce himnos, despliega banderas y recibe a jefes de estado en los palcos. El nacionalismo comercial forma parte del espectáculo. Sin embargo, su Código de Conducta prohíbe las pancartas consideradas políticas. La cuestión no consiste, entonces, en excluir toda política, sino en determinar cuál puede mostrarse y cuál debe quedar afuera.

La bandera argentina alteró ese reparto. La organización había dispuesto que Malvinas no debía verse. Los jugadores recogieron la pancarta de la tribuna y la colocaron en el espacio de máxima visibilidad mundial.

No eran sujetos sin voz. Son futbolistas reconocidos, millonarios y globalmente famosos. Pero en ese momento hicieron pasar al campo una palabra que el dispositivo institucional había excluido. Transformaron el césped en una superficie de disputa y el festejo en una declaración.

Eso es lo que vuelve político al acto en el sentido de Rancière.

La prensa del orden

La reacción de los grandes medios confirmó que la bandera había tocado un nervio.

El tabloide británico The Sun calificó la pancarta como “repugnante” y “deplorable”. Antes del encuentro ya había acusado a la Argentina de agitar nuevamente el conflicto y reclamado una posición más dura del Gobierno británico. Después de la derrota, desplazó el análisis deportivo hacia la indignación imperial.

El País adoptó un lenguaje menos estridente, pero concentró su cobertura en la posible sanción de la FIFA. Comparó el episodio con los castigos aplicados por la UEFA a los jugadores españoles que cantaron “Gibraltar es español”. Reuters también definió la pancarta como un mensaje político aparentemente contrario a las reglas y reprodujo el pedido británico de investigación.

En la Argentina, medios como La Nación organizaron la noticia alrededor del costo disciplinario, la protesta británica y la eventual multa. El conflicto soberano quedó reducido a una infracción reglamentaria.

Ese desplazamiento no es inocente. La discusión deja de ser el colonialismo y pasa a ser la conducta de quienes lo denuncian. Ya no se debate la ocupación británica iniciada por la fuerza en 1833, sino si los argentinos respetaron correctamente el ceremonial de la FIFA.

Sin embargo, la cuestión Malvinas no es una excentricidad futbolística. Las Naciones Unidas reconocen que existe una disputa de soberanía entre la Argentina y el Reino Unido y reclaman desde 1965 la reanudación de negociaciones bilaterales. El Comité de Descolonización reiteró esa posición en junio de 2026.

Milei y la soberanía convertida en una multa

Javier Milei buscó quitarle densidad política al episodio. Afirmó que eran “cosas que pasan en la cancha con los jugadores” y que, en el peor de los casos, la Argentina recibiría una multa de 30 mil dólares. Aunque reiteró formalmente que las Malvinas son argentinas y habló de una recuperación diplomática, convirtió el gesto en emoción deportiva y cálculo económico.

La respuesta resulta coherente con una política exterior que conserva la fórmula del reclamo, pero vacía su contenido anticolonial.

El Gobierno reafirma oficialmente la soberanía argentina. Al mismo tiempo, Milei elogió a Margaret Thatcher y sostuvo que la recuperación dependería de que los habitantes de las islas decidieran algún día “votarnos con los pies”. Esa posición introduce el principio británico de autodeterminación de una población implantada y contradice la doctrina histórica argentina sobre integridad territorial.

El negacionismo no consiste aquí en afirmar que las Malvinas no existen. Consiste en negar la estructura colonial que explica el conflicto. La soberanía deja de ser una cuestión de territorio, memoria y emancipación para convertirse en una competencia de prosperidad económica: ser atractivos para que quienes ocupan las islas elijan integrarse.

Es la traducción «libertaria» de la patria. El mercado reemplaza a la historia y la seducción económica sustituye al derecho soberano.

Frente a esa política apátrida, los jugadores hicieron lo que el Gobierno intentó evitar: devolvieron Malvinas al centro de la conciencia colectiva.

La política entró al campo

La bandera no convirtió en político un fútbol supuestamente neutral. Reveló que el fútbol ya estaba atravesado por la política.

Política es la FIFA seleccionando qué símbolos nacionales y a qué naciones admite. Política es el Reino Unido pretendiendo que una disputa colonial reconocida internacionalmente sea tratada como un asunto cerrado. Política es una prensa que considera provocación el reclamo del ocupado y normalidad la presencia del ocupante.

Pero también es política que una pancarta escrita sobre una sábana atraviese las barreras del estadio, llegue a las manos de los jugadores y ocupe el centro del espectáculo global.

La rebeldía tolerada produce campañas. La rebeldía verdadera produce problemas. La bandera argentina produjo uno. Por eso fue un acto político.

  • Periodista, analista geopolítico y profesor en filosofía y ciencias sagradas. Fundador y presidente del Instituto de Investigación y Análisis Geopolítico Alexandre Pétion. Fundador y Director periodístico internacional del portal QuintoPoder.ar

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