Líder de Hamás: “El acuerdo aprobado por ambas partes es un cese definitivo de la guerra en Gaza. Es el resultado del sacrificio de nuestro pueblo, de nuestros mártires y de nuestra resistencia. No confiamos en el enemigo, pero confiamos en la voluntad de nuestra nación.”

Por Matías Caciabue*
La mediación impulsada por Trump, y sostenida por Qatar, Turquía y Egipto, no fue un gesto humanitario ni una victoria diplomática estadounidense. Fue una maniobra geopolítica de la Casa Blanca para desmarcarse del pesado lobby sionista que, aún hoy, sigue dictando la política exterior de Washington. Qatar, la más “rebelde” de las monarquías del Golfo, se consolidó como interlocutor indispensable entre EEUU y la resistencia palestina. Turquía, guiada por el proyecto neootomanista de Erdogan, se sigue reposicionando como potencia regional capaz de disputar la hegemonía israelí. Egipto, corazón del panarabismo, recuperó su papel histórico como garante de la causa palestina y voz del nacionalismo árabe que resiste la subordinación colonial. Sólo hay una certeza: El acuerdo alcanzado no nació en despachos Occidentales, sino en la firmeza de un pueblo. Como dijo Osama Hamdan, líder de Hamás: “El acuerdo aprobado por ambas partes es un cese definitivo de la guerra en Gaza. Es el resultado del sacrificio de nuestro pueblo, de nuestros mártires y de nuestra resistencia. No confiamos en el enemigo, pero confiamos en la voluntad de nuestra nación.” Israel, lejos de lograr una victoria militar, ha sufrido una derrota político-estratégica. La prolongación del GENOCIDIO, el aislamiento diplomático y la presión de los Pueblos del Mundo desnudaron la naturaleza macabra del sionismo. Hasta analistas israelíes, como Avi Issacharoff, reconocen que “lo que ocurre en Gaza no es una victoria militar para Israel, sino un logro político para Hamás”. A pesar de ello, los ministros Bezalel Smotrich y Itamar Ben Gvir ya anunciaron que votarán en contra del alto el fuego, dejando al desnudo el carácter criminal y fundamentalista del gobierno israelí. Mientras la resistencia palestina celebra en las calles el fin de los bombardeos y la entrada de ayuda humanitaria, Occidente asiste al derrumbe moral de su integrante preferido. Que quede claro: Benjamín Netanyahu y sus cómplices, los infanticidas y carniceros de Gaza, deben terminar sus días en prisión perpetua, cumpliendo la condena que les corresponde ante la Corte Penal Internacional. Honor y gloria al Pueblo de Palestina. Lo poco que nos queda de HUMANIDAD vive en Gaza.
*Matías Caciabue, intengrante de la Red en Defensa de la Humanidad y co-director de la plataforma informativa y de análisis geoestratégico NODAL.


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