Historia

54 años de la muerte del Che en Bolivia. Soldados, libros y filósofos

Por Alejo Brignole                       

El día 21 de marzo de 1967, el Che escribe en su diario: “El francés -en referencia al periodista Régis Debray, incorporado a la guerrilla- traía noticias ya conocidas. (…) Viene a quedarse pero yo le pedí que volviera [a Europa] a organizar una red de ayuda en Francia y de paso fuera a Cuba (…) Yo debo escribir cartas a Sartre y B. Russell para que organicen una colecta internacional de ayuda el movimiento de liberación boliviano”.

Las referencias a dos eminentes filósofos e intelectuales europeos consustanciados con las causas emancipadoras del Tercer Mundo, y la intención de recibir apoyo político y material por parte de ellos, podrían interpretarse de varias maneras. Una de ellas, es el largo aliento que el Che esperaba darle a su lucha en Bolivia, y la otra es la convicción de que sería escuchado para la causa boliviana. Jean-Paul Sartre, el pensador existencialista y autor de novelas como La Náusea y de textos filosóficos como El Ser y la Nada, que dejaron honda huella en el pensamiento del siglo XX, había estado con el Che en Cuba, en 1960, junto a su compañera, la también filósofa y activista feminista, Simone de Beauvoir. Sartre había dicho en aquella ocasión: “El Che Guevara es el ser humano más completo de nuestra época”.

Desde sus planteos filosóficos y la influencia de su pensamiento sobre la realidad contemporánea, Sartre se había convertido en el pensador indispensable para los que deseaban un cambio revolucionario en el orden mundial establecido en la posguerra. Por eso Sartre había apoyado la Revolución Cubana y antes, la Guerra de Argelia, militando contra el colonialismo que su propio país (Francia) ejercía en el norte de África. A diferencia de su compatriota, el Premio Nobel de Literatura, Albert Camus –con quien mantuvo agrias controversias públicas– Sartre legitimaba los movimientos armados y la lucha de los pueblos contra toda forma de imperialismo.

Beauvoir, Sartre y el Che en Cuba, durante la visita que los filósofos franceses hicieran a la isla revolucionaria. Jean Paul Sartre diría más tarde: “El Che Guevara es el ser humano más completo de nuestra época”.

También Bertrand Russell, citado en el diario del Che, era un activo intelectual y pensador inglés que se manifestaba contra los crímenes estadounidenses en Vietnam, que era la guerra genocida y neocolonial por aquellos años. En los mismos momentos en que el Che luchaba en Bolivia, ambos filósofos acaban de constituir  –en noviembre de 1966–  el famoso Tribunal Russell-Sartre para juzgar internacionalmente los crímenes de lesa humanidad y los bombardeos indiscriminados de Estados Unidos sobre territorio vietnamita y civiles inocentes.

Aquí se puede apreciar que en medio de los problemas que ya comenzaban a ser graves para su guerrilla, el Che no perdía cierta perspectiva de largo plazo, cierta visión política capaz de trascender la dificultades del entorno, de la selva y del asedio militar. Algunos estudiosos del Che han querido ver en esta mirada de largo alcance, una suerte de alienación idealista, o bien un encapsulamiento político y psicológico a la hora de evaluar ciertas situaciones como esa, en donde todo peligraba. No obstante, él miraba siempre más allá del cerco y de la posible debacle.

Por su parte, el Ejército Nacional Boliviano inicia el día 22 de marzo otra incursión más numerosa, esta vez con 27 soldados, aunque casi todos reclutas inexpertos. Fueron provistos con armamento de última generación, como subfusiles israelíes Uzi calibre 9 mm. NATO y morteros calibre 60, ideales para  barrer zonas densas con posibles insurgentes dispersos entre la vegetación. Sin embargo, los propios oficiales al mando –la partida era comandada por el mayor Hernán Plata Ríos– admitían que estaban poco familiarizados con el equipo, factor que ensombrecía los pronósticos de neutralizar a los supuestos “narcotraficantes”, según decían las órdenes recibidas.

De todos modos, el gobierno militar de René Barrientos ya había sido puesto en aviso por la embajada estadounidense de que podría tratarse de una “guerrilla pro castrista”, etiqueta utilizada por la CIA para encorsetar las luchas de liberación latinoamericanas. Décadas más tarde la categoría se ampliaría al “castrochavismo”.

La expedición militar estuvo a punto –nuevamente– de suspender la operación, debido a las malas condiciones, las armas mojadas y la dificultad del entorno. Tampoco el nuevo oficial del ejército bolivianoal mando era idóneo y fue descrito por sus oficiales subalternos como “prepotente y miedoso”, todo lo cual constituía una perfecta combinación para el fracaso. Y así como el  azar y la fortuna le dieron malos naipes al Ejército de Liberación Nacional (ELN) guiado por el Che, esta vez la suerte estaría del lado de los guerrilleros.

El Che jamás dejaba de leer o escribir, incluso en las más duras condiciones. Él miraba siempre más allá de las circunstancias o lo que Sartre llamaba las “contingencias” de la realidad. Mirada profunda que aplicaba a lo político y a la suerte de los pueblos, que para Guevara siempre tenían esperanzas revolucionarias.

A pesar de los reveses y de ciertas ineficacias, los integrantes de la guerrilla supieron remontar las limitaciones y organizar una emboscada mortal para los militares, que ya estaban desmoralizados y sin ganas de combatir. Muchos soldados tenían los pies peligrosamente entumecidos por las largas horas caminando sobre cursos de agua helada, y la fatiga había disminuido la capacidad de respuesta y de esfuerzo. El resultado fue que buena parte de los equipos cayeron al agua, y con ello, la fiabilidad de las armas no era la misma y desalentaba los intercambios de fuego. Pero aun así, siguieron adelante y ello sería mortal para algunos de ellos. Finalmente, meses más tarde sería mortal también para el propio Che, capturado y fusilado clandestinamente en la localidad de Vallegrande, en la Escuela de la Higuera, un día como hoy, 9 de octubre de 1967, hace 54 años

El informe entregado al ministro del Interior de Bolivia, Antonio Arguedas, narra así los últimos minutos del Che, ejecutado por el soldado Mario Terán, que contó:

“Cuando llegué, el Che estaba sentado en un banco. Al verme me dijo: “Usted ha venido a matarme”. Yo me sentí cohibido y bajé la cabeza sin responder. Yo no me atrevía a disparar. En ese momento vi al Che grande, muy grande. Sentía que se me echaba encima y cuando me miró fijamente me dio un mareo. Pensé que con un movimiento rápido podía quitarme el arma. “¡Póngase sereno —me dijo— y apunte bien! ¡Va a matar a un hombre!”. Entonces di un paso atrás, hacia el umbral de la puerta, cerré los ojos y disparé la primera ráfaga. El Che cayó al suelo con las piernas destrozadas, se contorsionó y comenzó a regar muchísima sangre. Yo recobré el ánimo y disparé la segunda ráfaga, que lo alcanzó en un brazo, en un hombro y en el corazón…”.

El Che fue una entidad sólida e irreductible, incluso en esos momentos finales en donde en una simple frase preñada de respeto por la condición humana, exige la imprescindible etiqueta para matar con dignidad y morir bañado de ella. Allí comenzó el mito que ya estaba construido y que con tanta fuerza iluminó la segunda mitad del siglo XX. En este siglo XXI, sin dudas, su figura será aún más gigante, porque los pueblos del mundo ya están en pie de lucha contra un capitalismo devastador que intenta -perpo no puede- arrasar las dignidades colectivas y el instinto fraterno de una humanidad que no se rinde.

¡Gracias, amado Che , porque siempre brillas con esa luz que nadie pudo ni podrá apagar jamás!

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