Internacionales

Estados Unidos, la OEA y la militarización del futuro político y social latinoamericano

ANÁLISIS

DICIEMBRE 8 de 2021

Por Ruperto Concha*

En estos momentos, según la prensa internacional, estamos al borde mismo de una catástrofe que podría implicar la aniquilación de prácticamente todo lo que vale la pena proteger. Incluso nuestras vidas y las vidas de nuestros seres amados.

Según la dominante prensa occidental, controlada y financiada por las grandes empresas multinacionales, la única posibilidad de salvación sería que los gobiernos de China, Rusia, Irán, y todos sus aliados y amigos, se resignaran a someterse a la totalidad de las exigencias de Estados Unidos y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

La progresiva militarización de América Latina tiene como objetivo asegurar el reepliegue global de estados Unidos en el resto del mundo sin perder su hegemonía en nuestro hemisferio

En caso contrario, según ya lo declaró abiertamente el ministro de Exteriores de Washington, Antony Blinken, esas potencias porfiadas sufrirán las más terribles consecuencias de la furia occidental.

De hecho, según el coro periodístico occidental, ya los servicios de inteligencia de Estados Unidos y la OTAN han detectado que Rusia lanzará una invasión militar masiva sobre Ucrania en pocas semanas más. No importa que Rusia lo niegue. Occidente dice que ya lo sabe todo y no necesita probarle nada a nadie.

Y, según ellos dicen, es por pura caridad cristiana que el presidente de Estados Unidos tendrá una nueva reunión virtual con el presidente de la Federación Rusa el próximo martes, a ver si una vez más logran posponer el estallido de la Tercera Guerra Mundial.

Y, oiga… hay muchísima gente, en todo el mundo, que de veras cree que Estados Unidos y sus dependientes pueden aterrorizar y someter a todas las demás naciones del planeta. ¿Cómo es eso?  Vamos viendo.

El 2 de diciembre de 1823, el presidente de Estados Unidos, James Monroe, dijo la frase, “América para los americanos”,  apuntando a rechazar por completo cualquiera intervención de las potencias europeas en cualquier punto del continente, desde Canadá hasta el Cabo de Hornos, incluyendo cualquier territorio incluso si estuviese deshabitado.

Tres años después, en 1826, el gran líder venezolano Simón Bolívar planteó la misma noción para los pueblos de América Latina. En Norteamérica los Estados Unidos fueron capaces de mantenerse unidos, incluso sobreponiéndose a una larga y sangrienta Guerra Civil, y todos los estados, juntos, se lanzaron a la conquista de la riqueza, la prosperidad y el poder.

En cambio, en la región latinoamericana dictadores, directores supremos y otros aventureros de la política optaron por inventar la noción de un nacionalismo estrecho pero embriagador, cuyo efecto fue provocar una anarquía plagada de guerras y odiosidades durante todo el primer siglo de Latinoamérica independiente.

A mediados del siglo XIX Estados Unidos se vio desgarrado por la Guerra de Secesión, y no pudo impedir que España volviese a ocupar República Dominicana, que Inglaterra invadiera y se apoderara de gran parte del oriente de Venezuela y que Francia invadiera México, instalando allí una monarquía vasalla encabezada por el emperador Maximiliano de Austria.

Pero, apenas concluida la guerra civil, Estados Unidos forzó el retiro de los franceses de México, el de los ingleses del oriente de Venezuela, y finalmente, en guerra con España, apoyó la independencia de Cuba, de República Dominicana y Puerto Rico, mientras, a la pasada, se adueñaba de las Filipinas.

Por cierto, Estados Unidos obtuvo ganancias muy grandes con sus intervenciones. La isla de Puerto Rico pasó a ser de hecho propiedad estadounidense, y Cuba estuvo a punto de tener igual destino.

Luego, en su guerra con México, en 1848, Estados Unidos se apropió de más de la mitad del territorio mexicano, con los cuales creó los estados de California, Arizona, Texas, Colorado, Nuevo México y Nevada.

Después de eso, además, indujo una guerra civil en Colombia, que culminó con la separación de Panamá en 1903, y la construcción del Canal Interoceánico controlado y manejado totalmente por Estados Unidos.

Así, ya durante el siglo XIX y los comienzos del siglo XX, eso de “América para los Americanos” comenzó ser entendida por los latinoamericanos como significando “América para Estados Unidos”.

Por supuesto, esa nueva realidad provocó resquemores, pero la verdad es que ningún país latinoamericano tuvo ni fuerza ni voluntad para encarar aquello de alguna manera efectiva.

En 1910, también bajo la conducción de Estados Unidos, los Estados latinoamericanos aceptaron integrarse estratégicamente en una organización regional llamada la Pan American Union, o sea, la Unión Americana.

Luego, terminada la Segunda Guerra Mundial, el 30 de abril de 1948 se reunieron en Colombia representantes de 21 Estados americanos, incluyendo a Canadá, y suscribieron la Carta de la Organización de Estados Americanos, que es la actual OEA.

Por ese mismo acto, los Estados americanos suscribieron también la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre, que tiene la gracia de ser la primera expresión internacional que formula los principios de los Derechos Humanos.

Pero, oiga, Estados Unidos no ratificó aquella Carta con el carácter de Tratado Internacional Vinculante.

El carácter teóricamente humanista, democrático y libertario de la Unión Americana surgió del mismo discurso que había sustentado la Independencia ante las potencias coloniales europeas.

El discurso se perfeccionó en los comienzos del siglo XX, cuando América Latina apegó a la Entente contra los Aliados de Alemania y Austria en la Primera Guerra Mundial.

Pero luego, con la Segunda Guerra Mundial, la participación latinoamericana tuvo mayores efectos regionales. No solo nuestros países hicieron enormes sacrificios económicos para abaratar las materias primas que necesitaban los aliados para la guerra. También algunos países, como Brasil, enviaron tropas para combatir contra los nazis.

En lo doctrinario, las naciones latinoamericanas se encontraron con que el campo de los Aliados, el campo de los buenos, incluía también a los comunistas. Eso cobró un sentido muy fuerte al terminar la guerra, cuando los noticiarios de cine y los periódicos mostraron las imágenes de soldados rusos y estadounidenses abrazándose fraternales y victoriosos sobre las ruinas de Alemania.

Pero eso duró muy poco. Muy pronto la Unión Americana tuvo que cambiar de piel, igual que las culebras. Y fue así que, junto con cambiar su nombre por el de OEA, cambió también sus objetivos, y pasó a convertirse en el gran bastión contra el comunismo.

En 1959 la OEA crea su Comisión Interamericana de Derechos Humanos, enfatizando los derechos políticos y las libertades individuales.

Ese mismo año, en Cuba triunfó la revolución de Fidel Castro, y en Venezuela triunfa el socialdemócrata Rómulo Betancourt. Ambas victorias socialistas incluían la expulsión de dos célebres tiranos: Fulgencio Batista, de Cuba; y Carlos Pérez Jiménez, de Venezuela.

Pero mientras los pueblos latinoamericanos conseguían eso, la OEA se alineaba una vez más con Estados Unidos. Así, la OEA resolvió suspender a Cuba revolucionaria como miembro activo de la comunidad americana, bajo la acusación de estar “exportando” su revolución.

Mientras duraron los conflictos de la Guerra Fría entre la izquierda y la derecha latinoamericana, la OEA en realidad pasó por un período de pudorosa bajada de perfil, casi no se notaba.

En tanto, Estados Unidos respaldaba, armaba y financiaba corruptas y sangrientas dictaduras militares en Argentina, Brasil, Paraguay, Bolivia, Perú, el Caribe y toda América Central, hasta culminar con el golpe militar de Chile en 1973.

Desde el Tacho Somoza hasta Augusto Pinochet, el seno de la OEA, de la mano de Estados Unidos, no hacía ningún remilgo democrático para mantener en su seno a un flamante ramillete de tiranos…

Pero en cambio mantenía el ostracismo contra Fidel Castro.

En 1978, la esquizofrenia de la OEA llegó a batir su propio récord, cuando se reúne nada menos que en Chile, oiga, para poner en marcha la Convención de Derechos Humanos y la Corte Interamericana de Derechos Humanos… todo eso, bajo la amable y gentil hospitalidad del general Augusto Pinochet.

Cuando terminó la Guerra Fría, la OEA volvió a cambiar la letra de su canción. En 1986, cuando el mundo socialista comenzaba a tambalearse, el foco de atención de la OEA se dirigió hacia el tráfico de drogas, y ese año se creó la Comisión Interamericana para el Control del Abuso de Drogas.

Cuatro años después, en 1990, después de la desintegración de la Unión Soviética y la caída del Muro de Berlín, Estados Unidos decide quitarle su apoyo a los ya inútiles dictadores militares latinoamericanos, y la OEA crea la llamada Unidad para la Promoción de la Democracia.

Al año siguiente, la OEA adopta su Resolución 1080, que establece medidas enérgicas ante cualquier amenaza contra la democracia liberal en todo el territorio americano.

En 1994 vino la Primera Cumbre de las Américas, y fue elegido Secretario General de la OEA el expresidente colombiano César Gaviria, quien tuvo la tarea de estimular el libre comercio dentro de las Américas, a través de zonas regionales como el Caribe, el Mercosur y el Pacto Andino.

También se ratificó también el Protocolo de Washington, que, fíjese bien, le otorga a la OEA la facultad de suspender a cualquier Estado miembro cuyo gobierno democráticamente elegido haya sido derrocado por la fuerza.

Este protocolo de Washington cobró tremenda relevancia el 2002, durante el abortado golpe militar contra el presidente venezolano Hugo Chávez, cuando Estados Unidos apoyó a los militares golpistas, afirmando que el gobierno legítimo era el que tenía la culpa de que se hubiera habido golpe. Solo después Washington cayó en cuenta de que las Fuerzas Armadas venezolanas en realidad se habían mantenido leales y que el golpe había fracasado.

Bueno, en un sincronismo de aquellos con que el destino pareciera querer demostrarnos que sí existe… aquella Carta Democrática fue ratificada en Lima, Perú, oiga, precisamente el 11 de septiembre del 2001, justo mientras en Nueva York y Washington se producían los atentados terroristas de las Torres Gemelas, que alteraron la historia de nuestros días.

¿Cuáles han sido las grandes tareas cumplidas por la OEA, más allá de servir que engranaje entre Estados Unidos y América Latina?

En realidad la OEA ha debido absorber y disimular muchas humillaciones y derrotas ante ese poderoso socio que es Estados Unidos. Por ejemplo, la OEA apoyaba al gobierno del presidente haitiano Bertrand Aristide, y buscaba alcanzar una solución democrática mediante colaboración internacional tanto en lo político, en lo judicial y en lo administrativo, como en auxilio económico a Haití.

Pero la intervención de Estados Unidos alteró lo que era voluntad mayoritaria en nuestra América, y Aristide salió de su país al exilio en circunstancias que sugieren que precisamente Washington violó allí mismo el mismo Protocolo de Washington de defensa de los gobiernos democráticamente elegidos.

Encuestas dadas a conocer por las Naciones Unidas y por entidades de investigación privadas, coinciden en que todavía hoy en América Latina hay un sector muy fuerte de ciudadanos que consideran que los regímenes autoritarios, incluso las dictaduras, pueden ser preferibles a regímenes hiper politizados y plagados de corrupción.

El diario estadounidense The New York Times publicó un editorial denunciando con alarma las opiniones del general James Hill, que era jefe del Comando Sur del Ejército de Estados Unidos.

Según ese general, América Latina es un hervidero de terroristas, narcotraficantes, traficantes de armas, guerrilleros comunistas, secuestradores y facinerosos de toda índole. Y sugería que se aumenten los vínculos entre las Fuerzas Armadas de Estados Unidos y los ejércitos latinoamericanos. Oiga… con eso estaba confiándole a los militares, una vez más, el diseño de la democracia mediante una dictadura. ¿Qué tal?

El análisis del New York Times señaló con mucha fuerza que esa propuesta de militarizar el futuro político y social latinoamericano es lejos más peligroso que cualquiera de las amenazas que el general Hill enumeraba en forma tan exagerada.

Pero no se trata de considerar que Estados Unidos tenga la culpa de todo. De hecho, implícitamente, la opinión pública mundial mantiene una gran dosis de admiración por una nación que logró ser más poderosa y más rica que cualquiera otra. Y cuya gente común ha desarrollado un estilo de vida, y una cultura especialísima, tosca, vulgar, pero a veces genial, compleja y fascinante, capaz de ir cambiando y evolucionando con una rapidez vertiginosa, sin dejar de establecer modos y modas, que las demás naciones del mundo absorben muy de buena gana.

Y en este momento histórico, en que el mundo  entero está percibiendo el derrumbe del Imperio estadounidense y el empoderamiento de la China, en Estados Unidos se está produciendo un extraño fenómeno de racismo rabioso.

Por un lado, la hostilidad entre la mayoría blanca, caucásica, de la población y la gran minoría de la llamada “gente de color”, que incluye a los afroamericanos y a los latinoamericanos, está presentando ahora otro frente racista, que es de odio contra los chinos, y que afecta de rebote a cualquiera persona que parezca asiática.

Lo más sorprendente es que la gran mayoría de las acciones de brutalidad racista contra los asiáticos son protagonizadas por esta llamada “gente de color” y no por los llamados blancos.

¿Qué pasa? ¿Se tratará de una reacción de desquite de los humillados que buscan encauzar la humillación hacia otra raza?

En realidad, el proceso de creación y derrumbe de imperios sucesivos, uno tras otro, a lo largo de la Historia, parece confirmar la teoría de la dialéctica histórica, que muestra cómo la acumulación de una gran cantidad de pequeñas causas llega a tener el gran efecto de un desplazamiento del poder de una nación a otra o de una cultura  otra.

Pegados a nuestras nociones del pasado, los gobiernos del mundo tienden a suponer que la caída de un imperio genera automáticamente el surgimiento de otro imperio que también será opresor.

Que tal como el Imperio romano fue desplazado en Europa por el Imperio carolingio y luego por el Imperio romano germánico, ambos imperios que a su vez cedieron ante los imperios coloniales, que a su vez han cedido al imperialismo plutocrático americano…  bueno, ahora lo que se prevé es el surgimiento de un nuevo imperio bajo el poder de la China.

Pero eso no tiene fundamento alguno. Sin embargo, eventualmente, ese mismo miedo al surgimiento de un nuevo poder imperial abusivo puede tener por efecto el llamado “efecto de la profecía auto cumplida”. Es decir, el miedo puede generar una estrategia de confrontación que solo puede tener uno de dos efectos:

Uno, que la confrontación la gane China con sus aliados, dejando a los perdedores en dolorosa desventaja.

Y, dos, que no gane China, lo que implicaría que se llegó a la Tercera Guerra Mundial y la humanidad entera será aniquilada.

¿Por qué parece inevitable esa confrontación?

¿Acaso los líderes políticos del mundo no son capaces de diseñar una alternativa de negociación que sea ganadora para todos?

Bastan siete palabras para decir que “una imagen vale más que mil palabras”… Bastan 10 palabras para enunciar la fórmula entera de la Teoría de la Relatividad, de Einstein… y 51 palabras forman el Padre Nuestro, la oración esencial del cristianismo.

¿Con qué imágenes se podría reemplazar lo que esas palabras dicen?…

Sumidos en una borrachera de imágenes publicitarias, ¿estamos perdiendo la capacidad de pensar, de manejar los conceptos necesarios parta el entendimiento racional que se basa en la lógica, que es la palabra humana?…

La base misma de la honradez, ¿no es acaso decir la palabra y cumplir la palabra?…

Hasta la próxima, gente amiga. Cuídense. Hay peligro. Lo digo en serio. ¡Palabra que sí!

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Ruperto Concha Analista internacional chileno

Fuente: Revista Correo del Alba

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