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NUESTRAMÉRICA. ELECCIONES 2026. Brasil va al mata-mata: Lula enfrenta al bolsonarismo y al cerco de Washington en una elección decisiva para la región

Flávio Bolsonaro alcanzó el 47,08 % de los votos y aventajó por casi dos puntos al presidente Luiz Inácio Lula da Silva, que alcanzó el 45,10 %. El 25 de octubre Brasil definirá mucho más que su próximo gobierno: en las urnas se enfrentarán dos proyectos antagónicos de inserción internacional, mientras Estados Unidos intenta recuperar capacidad de disciplinamiento sobre una región que durante las últimas décadas buscó reconstruir márgenes de soberanía.

Brasil llegará al balotaje del próximo 25 de octubre con una elección abierta, polarizada y atravesada por una disputa que desborda ampliamente sus fronteras. Con prácticamente la totalidad de las mesas escrutadas, el senador Flávio Bolsonaro, del Partido Liberal (PL), obtuvo el 47,08 % de los votos válidos, mientras que el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, del Partido de los Trabajadores (PT), reunió el 45,10 %. La diferencia rondó los 2,4 millones de votos. Ninguno alcanzó la mayoría absoluta y ambos volverán a enfrentarse dentro de tres semanas.

El resultado constituyó un llamado de atención para el progresismo brasileño. Las últimas encuestas ubicaban a Lula por delante o mostraban prácticamente un empate, pero el bolsonarismo volvió a demostrar una capacidad electoral superior a la anticipada por buena parte de los sondeos. Flávio no sólo sobrevivió políticamente a la caída de su padre, Jair Bolsonaro: consiguió convertir al apellido familiar en una fuerza capaz de disputar nuevamente el Palacio del Planalto.

Pero Brasil no votó dentro de una campana de cristal. La campaña transcurrió en medio de una creciente presión política y económica de Washington, en una América Latina donde la segunda administración de Donald Trump convirtió el respaldo explícito a gobiernos y candidatos ideológicamente afines en un instrumento de política exterior.

La presión de Washington dejó de ser una hipótesis

La dimensión externa de la elección brasileña no surge de una especulación partidaria. Antes de los comicios, la Agencia Brasileña de Inteligencia (Abin) elaboró un informe reservado, enviado a la Presidencia, al Tribunal Superior Electoral y al Ministerio de Justicia, en el que advirtió sobre el riesgo de influencia o interferencia de Estados Unidos en las elecciones de 2026.

El documento ubica esas acciones dentro de una estrategia destinada a reafirmar la hegemonía estadounidense en América Latina y a desplazar a competidores como China de activos estratégicos, infraestructura y recursos naturales de la región. La inteligencia brasileña también observó una escalada de medidas económicas y políticas de Washington contra Brasil.

Días antes de la elección, funcionarios franceses y alemanes también recibieron información de la inteligencia brasileña sobre presuntas operaciones de interferencia provenientes de Estados Unidos y Rusia. En el caso estadounidense, la documentación presentada incluyó desde mecanismos de presión política hasta acciones calificadas como lawfare. Washington negó anteriormente las acusaciones de intervención electoral.

Pero la ofensiva norteamericana no se limitó al discurso. Durante el año, la administración Trump utilizó instrumentos comerciales contra Brasil, aplicó aranceles y llevó la confrontación con el gobierno de Lula al terreno político. La disputa terminó instalada dentro de la propia campaña electoral. Ya en el mes de julio las medidas arancelarias estadounidenses pasaron a ocupar un lugar central en la carrera presidencial y Lula acusó a sectores del bolsonarismo de trabajar junto con aliados estadounidenses para perjudicar al Gobierno brasileño.

En cambio, el presidente del TSE, Kassio Nunes Marques, informó durante la jornada electoral que no se habían registrado indicios de interferencia extranjera sobre el funcionamiento del proceso de votación. Sin embargo, se encuentra ampliamente documentada la existencia de presiones económicas, diplomáticas y políticas sobre Brasil durante el proceso electoral.

El laboratorio latinoamericano

Sabido es que el caso de Brasil no constituye un episodio aislado.

En Argentina, a pocas semanas de las elecciones legislativas de octubre de 2025, la administración Trump respaldó políticamente al gobierno de Javier Milei y el Tesoro estadounidense instrumentó un swap por 20.000 millones de dólares, además de intervenir directamente en el mercado cambiario mediante la compra de pesos. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, vinculó además el apoyo estadounidense con objetivos estratégicos como reducir la presencia china y facilitar el acceso de empresas norteamericanas a minerales críticos.

Aquel respaldo buscaba también fortalecer electoralmente al gobierno argentino. Más aún,Trump amenazó con retirar el apoyo estadounidense si el escenario político argentino se desplazaba hacia la izquierda. El condicionamiento de asistencia económica a un determinado resultado electoral mostró hasta qué punto Washington abandonó incluso las formas diplomáticas tradicionales para intervenir abiertamente en disputas internas de países soberanos.

En Honduras ocurrió algo semejante. Trump respaldó públicamente al conservador Nasry Asfura durante las presidenciales de noviembre de 2025 y anunció, en plena campaña, el indulto al expresidente Juan Orlando Hernández, condenado en Estados Unidos por narcotráfico. La intervención provocó denuncias de injerencia y alteró el último tramo de una elección extremadamente ajustada.

Lo que aparece, entonces, es un patrón regional: respaldo económico, presión comercial, pronunciamientos presidenciales, condicionamientos diplomáticos y utilización de la gravitación material de Estados Unidos para favorecer la consolidación de un nuevo bloque latinoamericano alineado con Washington.

Brasil constituye la pieza mayor de ese tablero.

Lula: «Soy muy bueno en el mata-mata»

Lula apareció tras conocerse los resultados lejos de cualquier discurso de derrota. Reconoció que esperaba resolver la elección en primera vuelta, pero inmediatamente transformó el balotaje en una nueva fase de la competencia.

Con su habitual lenguaje futbolero, advirtió: «Soy muy bueno en el mata-mata, en el tete a tete». Y agregó que después de un día de descanso comenzaría otra campaña: «El juego va a comenzar, estamos en la prórroga».

La metáfora no fue casual. Para Lula terminó la fase clasificatoria y comenzó otro campeonato: una disputa de dos candidatos en la que ya no existirán votos testimoniales ni terceras alternativas detrás de las cuales refugiarse.

El presidente también señaló dónde buscará los sufragios necesarios para revertir los casi dos puntos de diferencia: la abstención. Según los datos de la Justicia Electoral, alrededor de 33 millones de brasileños no acudieron a votar, un 21,07 % del padrón, el mayor nivel de abstención registrado en una elección presidencial brasileña desde 1998. Lula mencionó una cifra preliminar de 28 millones durante su discurso y anticipó que convocará especialmente a quienes permanecieron fuera de las urnas.

Detrás de esa búsqueda aparece también una concepción política que Lula repitió durante este año. En febrero sostuvo que «es muy fácil […] gobernar para 35 millones de brasileños», contraponiendo esa lógica a un Estado obligado a incorporar a las mayorías, particularmente a quienes permanecieron históricamente invisibilizados.

Ese planteo vuelve ahora al centro de la campaña: no se trata únicamente de quién administrará Brasilia, sino de para quién se gobierna Brasil.

En sus redes Lula ya había resumido antes de la votación la naturaleza de la confrontación: «Brasil no puede volver a ser blanco del bolsonarismo». También contrapuso los indicadores sociales de su gestión: reducción del desempleo, pobreza y extrema pobreza, salida del Mapa del Hambre y ampliación de la exención del impuesto a la renta; contra el programa de sus adversarios.

¿Puede Lula remontar?

Sí. Pero la victoria está lejos de estar asegurada.

Lula comienza el segundo turno desde atrás y Flávio Bolsonaro dispone de una ventaja inmediata: una parte importante de los votos que en primera vuelta eligieron candidaturas menores provino de espacios de derecha o centroderecha. Por lo tanto, no puede suponerse que ese caudal se distribuirá proporcionalmente entre ambos finalistas.

Al mismo tiempo, la diferencia inicial es suficientemente pequeña para mantener abierta la elección. Con cerca de 99,8 % de los votos contabilizados, Flávio superaba los 56 millones y Lula alcanzaba aproximadamente 53,7 millones. La distancia era de alrededor de 2,4 millones de sufragios en un país con más de 158 millones de electores habilitados.

Más importante aún: las encuestas específicas de segunda vuelta mostraron durante las últimas semanas un escenario mucho más equilibrado que el resultado del primer turno. Datafolha llegó al final de la campaña con Lula en 48 % y Flávio en 45 % en una simulación de balotaje. AtlasIntel/Bloomberg había registrado prácticamente un empate absoluto: 47,6 % para Lula y 47,7 % para Bolsonaro.

Eso significa que Flávio Bolsonaro ganó la primera batalla, pero todavía no construyó una mayoría nacional irreversible.

La estrategia de Lula deberá operar simultáneamente sobre tres terrenos: recuperar abstencionistas, contener la transferencia automática del voto conservador hacia Bolsonaro y transformar la segunda vuelta en un plebiscito entre dos proyectos claramente diferenciados. Allí el presidente cuenta con una ventaja política que no tenía frente a once adversarios: podrá confrontar directamente políticas sociales, soberanía económica, democracia e inserción internacional con el proyecto bolsonarista.

El problema para Lula será evitar que el segundo turno se transforme simplemente en una acumulación de todo el voto antipetista alrededor del candidato del PL.

Brasil decide también el mapa de Nuestra América

No se exagera al afirmar que el 25 de octubre votará indirectamente buena parte de América Latina.

Brasil tiene alrededor de 214 millones de habitantes, posee la mayor economía latinoamericana y constituye uno de los pocos Estados de la región con masa territorial, capacidad industrial, recursos naturales y peso diplomático suficiente para proyectar una política exterior relativamente autónoma.

Una victoria de Flávio Bolsonaro reforzaría el giro regional de las derechas vinculadas políticamente con Donald Trump y acercaría nuevamente a Brasil al eje estratégico de Washington. Una nueva victoria de Lula representaría, por el contrario, un contrapeso al proyecto estadounidense en el continente.

Para Washington no se trata solamente de preferencias ideológicas. Brasil ocupa un lugar determinante en la competencia global por minerales críticos, energía, alimentos, biodiversidad, infraestructura, tecnología y rutas comerciales. La propia Abin vinculó el riesgo de interferencia estadounidense con la voluntad de desplazar a China de esos sectores estratégicos.

En términos nuestramericanos, el dilema es todavía mayor.

Un Brasil subordinado a la estrategia hemisférica estadounidense debilitaría cualquier proyecto futuro de integración política autónoma, reduciría el margen regional frente a Washington y Beijing y reforzaría el intento de reconstruir una América Latina concebida nuevamente como área exclusiva de influencia norteamericana.

Un nuevo triunfo de Lula no resolvería por sí mismo las contradicciones de la región ni significaría automáticamente el regreso del ciclo progresista de comienzos de siglo. Pero mantendría en pie a la principal potencia latinoamericana como un actor capaz de dialogar simultáneamente con Estados Unidos, China, Europa, los BRICS y el resto del Sur Global sin aceptar una adscripción automática al proyecto estratégico de Washington.

Ese es el verdadero tamaño de la elección brasileña.

El 4 de octubre Flávio Bolsonaro ganó la primera vuelta. El 25 comenzará el mata-mata del que habló Lula. Y esta vez no estará en juego solamente quién ocupará el Palacio del Planalto durante los próximos cuatro años.

También se definirá si Brasil profundiza su condición de polo soberano en un mundo multipolar o si la mayor potencia de Nuestra América vuelve a quedar atrapada en la vieja doctrina que concibe al continente como patio trasero de Estados Unidos.

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