Por Gustavo Zapata, Sec. Gral. de la CTA Regional Morón, Hurlingham e Ituzaingó.
Hay una famosa y buena película dramático/musical (icónica, dirían nuestros limitados periodistas) de 1972, llamada Cabaret. Hizo conocida por su innegable talento a Liza Minelli y demostró, una vez más, la capacidad de Bob Fosse como coreógrafo. Incluso se atrevió a sugerir el tema de la bisexualidad en las pantallas de la época.
Una de sus escenas más inolvidables comienza con un joven cantando una canción, Tomorrow Belongs To Me (el mañana me pertenece) de letra sencilla y emotiva. El rubiecito en cuestión canta maravillosamente, ganándose la atención en un parque público. Poco a poco el tono se convierte en un himno de batalla y al aumentar el cuadro se ve su camisa parda, se pone el brazalete nazi y su gorra de SA. Lo más llamativo es que los asistentes del lugar se suman con entusiasmo a la canción y muestran su adhesión a la “espontánea” demostración del muchachito y sus compañeros uniformados. Un detalle que siempre me conmovió es un anciano sentado, mirando con fastidio, enojo y resignación final en pocos segundos, alguien que ya vivió y sabe a dónde lleva ese espíritu colectivo.
A veces me siento ese señor mayor, cuando observo a Pablo y Celeste partiendo un palo de golf sobre la cabeza de Silvia en el Link Pinamar, porque se atrevió a tomar unos mates en SU campo de golf. O cuando lo veo a “Pepin” (cómo te vas a hacer llamar así?) Rodríguez Simón regresar y abrazar a un juez de la Corte suprema en el Jockey Club Bistró, luego de 3 años de estar prófugo a pocos km, a la vista de quien quisiera verlo. Un grupito de cajetillas armados con Pcs y organizados digitalmente, escrachan y atacan online a quien discuta a su habilitador-financiador en la presidencia. Se atreven a un acto de machitos erectos a proclamarse brazo armado de…

En los 30 había en la Alemania democrática y fragmentada del Weimar, una crisis híper inflacionaria, sufrida entre otros, por millones de ex soldados curtidos por 4 años de trincheras, que sabían lo que era poner el cuero y jugarse la vida por su idea de patria. Muchos de ellos desocupados y luego reclutados para poner en valor su experiencia de violencia y resentimiento, contra disidentes de izquierda, comunistas y judíos pobres.
No es posible una equivalencia, pero es útil reconocer los signos de los tiempos.
Los grupos concentrados, alemanes y extranjeros, financiaron generosamente a un marginal con un discurso estrambótico, que prometía exterminar al comunismo, unir a los alemanes de la producción y el trabajo (sometiendo los sindicatos), rearmar Alemania humillada por las exigencias del tratado de Versalles. Una de ellas era una deuda descomunal e impagable, compensatoria de las salvajadas que los generales del Kaiser desataron sobre las poblaciones agredidas.
El orate (basta con conocer sus relaciones con sobrinas menores de edad o sus adicciones), llegó a construir una minoría intensa, acompañado por una banda de auténticos gangsters profesionales. Con ella alcanzó el gobierno y desde allí se apoderó de toda la capacidad represiva hasta desarticular lo existente y crear una nueva Alemania.
Ya sabemos cómo terminó su experimento, a manos del Ejército Rojo por el este y en menor medida, de los aliados anglos por el oeste.
Nuestra sociedad fue moldeada a la medida de los grupos concentrados que habilitaron primero a los militares intoxicados por la doctrina anticomunista y antipopular de los norteamericanos. Fueron capaces de castrar la capacidad de transformación de nuestra tierra, eliminando lo mejor de una generación de militantes capaces de jugarse la vida por ideales, del rio valioso de sindicalistas que discutían el poder y la producción cultural que le daba sentido simbólico a la revolución.
Al desarmar la sustitución de importaciones, generaron nuevos ejércitos desarmados y desorganizados de desocupados. Concentraron la acumulación de riqueza en manos de sus patrocinantes, entregándoles industrias claves (bajo la desaparición, tortura o muerte de sus anteriores dueños).
No se pudo/quiso juzgar a los beneficiarios y mandantes empresariales, porque ellos mismos pusieron los jueces de allí en más. La democracia nacida luego de la derrota de Malvinas es la que esos grupos permitieron.
Luego de 20 años de gobiernos del ajuste para el pago de la deuda, una pareja de pingüinos se atrevieron a cambiar el viento. Pero sin tocar, incluso buscando seducir con ganancias, a esos grupos. Los mismos que siempre odiaron a lo que huela a peronismo no comprable, y se ocuparon de demostrar a través de sus publicistas corporativos, etiquetados como periodistas políticos por 3 generaciones.

Hoy la mitad de la fuerza laboral ha sido desarmada de su capacidad organizativa y se les ha dado la posibilidad de, celular mediante, obtener la ilusión de ser parte de algo. Nuevas identidades vacías de sentido de clase: usuarios, seguidores de redes e influencers, apostadores online o free lance(s) …
Nuestra tarea es volver a generar identidad de clase, patria y pueblo. Ellos dicen batalla cultural y ejecutan su venganza de clase. Nosotros debemos demostrar que es posible reconstruir de modo ampliado las condiciones materiales de bienestar de las mayorías, con las mayorías.
Eso es un programa de transformaciones que den respuesta a la falta de viviendas, de consumo básico, de autosuficiencia alimentaria, energía barata, jubilaciones dignas y salarios con capacidad (no de comprar dólares) de disfrutar del turismo nacional, la cultura de nuestros artistas, el tiempo con los hijos y no solo llegar a medio mes con 2 trabajos.
Para eso necesitamos la unidad, orgánica y programa.


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