Por Alejandra del Palacio especial para Quintopoder.ar
El abatimiento en México de Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) sirve para traer a la luz un problema estructural que trasciende a México: la dimensión geopolítica del narcotráfico y el papel central de Estados Unidos en la cadena de violencia.
Un golpe que no desarma el sistema
La caída de un capo no equivale a la desarticulación del negocio. Los cárteles funcionan como redes transnacionales con mando flexible, finanzas diversificadas y una logística que sobrevive a la pérdida de líderes. El relevo interno y la fragmentación suelen incrementar la violencia en el corto plazo, sin afectar de fondo la economía ilícita.
El origen del fuego: armas estadounidenses
Investigaciones oficiales y académicas coinciden en un punto incómodo: una parte sustancial del armamento incautado a cárteles en México es de fabricación estadounidense. Fusiles semiautomáticos, municiones de alto calibre y accesorios tácticos ingresan por rutas de contrabando alimentadas por vacíos regulatorios y mercados laxos al norte de la frontera. La consecuencia es directa: capacidad de fuego asimétrica que multiplica letalidad y control territorial.
Cada año ingresan a México entre 200 mil y 500 mil -según la fuente- armas ilegales a los largo de los 3 mil kilómetros de frontera que comparte con Estados Unidos, se estima que en los últimos años han entrado unas 5 millones de armas ilegales.
El mayor cártel es el mercado
Aquí emerge la contradicción central. Estados Unidos exige a los países latinoamericanos “mano dura” contra el narcotráfico, mientras no implementa políticas integrales y sostenidas para reducir el consumo, siendo el principal mercado de drogas del mundo. Tampoco persigue con la misma energía a quienes facilitan el ingreso de sustancias a su territorio ni a quienes lucran con la salida ilegal de armas hacia el sur.
Agencias como la ATF y la DEA han reconocido el problema del gun trafficking, pero los esfuerzos siguen siendo insuficientes frente a la escala del flujo. Sin una política de control de armas más estricta, la violencia en México se subsidia directamente desde el norte.
Geopolítica de la responsabilidad compartida
La pregunta de fondo es quién asume la responsabilidad estratégica. Combatir al narco exige corresponsabilidad real: reducción del consumo, persecución penal a intermediarios financieros y comerciales, control efectivo de armas, y cooperación judicial que no sea selectiva.
Celebrar la caída de un capo sin cerrar los grifos que alimentan al negocio es repetir el ciclo. Mientras el mayor consumidor no cambie sus políticas internas y no frene la exportación ilegal de violencia, la región seguirá pagando el costo humano. El problema no termina en México. Empieza —y se perpetúa— en el mercado que compra y en las armas que cruzan la frontera.


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