El último ranking de CB Global Data sobre intendentes del Gran Buenos Aires deja un dato contundente: Lucas Ghi aparece en el último lugar, con un diferencial de imagen de -15,8 puntos. No se trata de una oscilación coyuntural ni de una caída marginal. Es el peor saldo del GBA y configura un escenario de desaprobación neta estructural.
Un divorcio político con consecuencias sociales.
Desde una perspectiva sociológica, la crisis de imagen de Ghi no puede leerse sólo como resultado de problemas de gestión cotidiana. La dimensión política resulta central. El intendente consolidó en los últimos años un distanciamiento del sabbatellismo, espacio que forjó su identidad pública y estructuró el proyecto local de Morón durante casi tres décadas. Esa ruptura no fue meramente interna: implicó la fragmentación del Campo Nacional y Popular moronense, debilitando el entramado territorial, simbólico y militante que sostenía su legitimidad.
Cuando un liderazgo municipal pierde su anclaje identitario profundo, la evaluación ciudadana deja de ser indulgente. La gestión empieza a medirse en clave instrumental: servicios, seguridad, limpieza, cercanía. Y allí la tolerancia disminuye.
El contraste con el corredor oeste.
El contraste con otros distritos del oeste bonaerense es elocuente:
- Mariel Fernández (Moreno) registra diferencial positivo (+5,7).
- Fernando Espinoza (La Matanza) mantiene saldo favorable (+2,2).
- Gustavo Menéndez (Merlo) exhibe una desaprobación leve (-4,7).
- Damián Selci (Hurlingham) marca -8,0.
- Pablo Descalzo (Ituzaingó) alcanza -14,3.

Morón no sólo está en terreno negativo: está peor que todos sus vecinos. Incluso distritos con mayores desafíos socioeconómicos sostienen bases de aprobación que Ghi no logra conservar.
Esto indica que el problema no se explica exclusivamente por el contexto nacional adverso ni por la crisis económica general. Hay un componente estrictamente local que agrava la percepción pública.
El desacople con Axel Kicillof.
Ghi afirma responder políticamente al gobernador Axel Kicillof. Sin embargo, los datos muestran un fenómeno revelador: en Morón, Kicillof posee 39,2% de imagen positiva, mientras que el intendente queda hundido en el diferencial negativo más alto del conurbano.
El electorado moronense parece separar planos. Puede sostener una valoración relativamente competitiva del gobernador y, simultáneamente, desaprobar con fuerza al jefe comunal. Esto implica un desacople vertical: la identidad provincial no arrastra automáticamente al liderazgo municipal.
En términos políticos, es un dato delicado. Significa que el intendente no logra capitalizar la imagen del gobernador ni integrarse simbólicamente al mismo clima político.
Un dato incómodo: el parangón con Javier Milei.
Más llamativo aún es que, en Morón, la imagen positiva del presidente Javier Milei (35%) no queda demasiado distante de la del gobernador, y el intendente aparece en un nivel de rechazo que lo coloca más cerca del clima de polarización nacional que de la identidad opositora que dice representar.
En otras palabras: mientras el espacio nacional y popular busca diferenciarse del (mal llamado) proyecto libertario, la gestión local de Morón no logra consolidar una alternativa nítida en la percepción ciudadana. El intendente queda atrapado en una paradoja: forma parte de un espacio que se presenta como oposición nacional, pero su imagen pública no expresa fortaleza territorial propia.
Opinión pública y política dura: un círculo que se retroalimenta.
La pérdida de cohesión política interna debilitó la capacidad de gestión. Y la debilidad de gestión profundizó el deterioro en la opinión pública. Ese círculo vicioso es típico de los liderazgos municipales que pierden base orgánica.
Morón fue durante años un distrito emblemático del progresismo bonaerense. Hoy aparece como el municipio con peor diferencial del GBA. La encuesta no explica por sí sola las causas, pero revela el resultado: un intendente aislado políticamente y castigado socialmente.
En el conurbano, la política no es sólo administración; es identidad, pertenencia y conducción territorial. Cuando ese vínculo se rompe, la caída en la opinión pública no tarda en reflejarlo.


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