El deterioro visible de la Plaza de la Parroquia Cristo Rey, en pleno corazón de El Palomar, dejó al descubierto una contradicción política difícil de eludir: uno de los espacios públicos icónicos del barrio donde se crió y vive el propio intendente, y donde dio sus primeros pasos como cristiano comprometido, hoy aparece librado a la desidia de su gestión municipal.
Bolsas de residuos acumuladas, cestos desbordados, pastizales sin mantenimiento, veredas rotas y juegos deteriorados componen una postal que contrasta con la centralidad simbólica del lugar. La plaza no es un espacio cualquiera: articula la vida barrial, rodea a la Parroquia Cristo Rey y funciona como punto de encuentro cotidiano de familias, niñas y niños, personas mayores y trabajadores de la zona.
Un deterioro reciente y evitable.
A menos de dos años de su reapertura tras la puesta en valor, el estado actual del predio evidencia un retroceso acelerado. Aquella intervención se inscribió en un plan de recuperación del espacio público que, aún con diferencias internas, funcionó bajo un esquema de gobierno con horizonte estratégico, planificación y ejecución sostenida.
Hoy, ese esquema dejó de existir. La plaza se degradó al mismo ritmo que se vació el proyecto político que la sostuvo. La falta de mantenimiento no respondió a una fatalidad ni a un evento excepcional: expresó una decisión – por acción u omisión – de abandonar políticas públicas que antes se ejecutaron con regularidad.




El símbolo que interpela al intendente.
La escena interpela de manera directa a Lucas Ghi. No sólo por su investidura institucional, sino por su vínculo personal con el lugar. El Palomar no es una postal lejana del distrito: es el barrio donde se formó, donde reside con su familia y donde construyó una identidad política y comunitaria que siempre reivindicó.
El contraste entre ese relato y la realidad actual resulta elocuente. La plaza que rodea a la parroquia de su infancia quedó reducida a un espacio degradado, inseguro y descuidado, como si el territorio propio también hubiera sido arrojado al margen de las prioridades.
Una gestión sin cuerpo.
La situación de la Plaza Cristo Rey funciona como metáfora de su gobierno municipal: Aunque Ghi continúa formalmente al frente del Ejecutivo local, el cuerpo político que sostuvo durante años un programa de obras, políticas ambientales y recuperación del espacio público se desmembró.
Una cabeza sin cuerpo no conduce: se exhibe. Puede convertirse en trofeo, en adorno o en residuo, pero nunca en herramienta de liderazgo. El abandono de esta plaza no sólo implica desidia urbana; confirma la renuncia a los proyectos e ideales que llevaron a Ghi a ocupar el máximo escalón del gobierno moronense durante tres períodos.


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