Javier Milei habla del Estado con odio y nunca menciona al sistema republicano ni a su división de poderes. Ni siquiera balbuceó una respuesta cuando en TV le preguntaron si creía en la democracia antes de ser presidente. No cree, queda ya demasiado claro. El huevo de la serpiente se rompió y la criatura salió del cascarón. Ya no es un economista mediático y ramplón. Es un topo totalitario, como dice el título.
Por Gustavo Veiga

El topo totalitario no solo se infiltró en el Estado para destruirlo desde adentro, como confesó en un medio de EEUU. El topo totalitario se mueve como una bacteria en el cuerpo político social y acomete contra la democracia, vaciándola también desde su interior, como un infiltrado. Todos los días la corroe mientras alimenta su proyecto mesiánico, como si gobernara por derecho divino. Cuando habla del Estado no menciona nunca el sistema republicano ni a su división de poderes. Ni siquiera balbuceó una respuesta cuando en TV le preguntaron si creía en la democracia antes de ser presidente. No cree, queda ya demasiado claro.
Considera que lo plebiscitaron por cuatro años de mandato, pero pierde de vista que nadie le firmó un cheque en blanco. Entiende que puede hacer la plancha sobre el campo minado que sembró y que no hace falta gozar de legitimidad en el ejercicio del poder. Como todo narcisista autoritario no tiene una pizca de piedad por los dos sectores más indefensos de la sociedad. Las infancias y los jubilados.
Un hombre de gesto adusto mostraba el miércoles un cartel en la segunda movilización de abuelos y abuelas reprimidos frente al Congreso que decía: “Milei, si le pegás a viejos indefensos sos tan sorete como tu padre golpeador”. Una síntesis escatológica de esta actualidad distópica donde la empatía presidencial solo existe para sus mascotas.
El último estudio de UNICEF arrojó que en la Argentina un millón de pibas y pibes se van a dormir sin cenar. Una jubilación mínima vale menos que un cartucho de gas pimienta importado desde Estados Unidos que utiliza la policía cebada de Patricia Bullrich. Ese es el país modélico de Javier Milei y su séquito de patrulleros de redes sociales con espíritu de Torquemada.
Dice Steven Forti, el joven y consagrado historiador italiano sobre los neofascismos y tribus virtuales que los siguen a base de tuits y retuits: “Las extremas derechas 2.0 no son el fascismo histórico, pero son, sin duda alguna, la mayor amenaza existente para los valores democráticos”.
En la Argentina hoy corren grave peligro esos valores. Como sucedió en Italia antes de la Marcha sobre Roma, en la República Española antes de la Guerra Civil desatada por Franco y en la República de Weimar en Alemania antes del advenimiento del nazismo.
Ojalá no sea tarde para que se perciba y evite repetir la circularidad autodestructiva del hombre en su propia historia. El gobierno anarco-libertario y sus socios de la ultraderecha global siguen con su guerra cultural contra los pobres, los feminismos, los inmigrantes y el comunismo.
Millones de ciudadanos del mundo han sido anestesiados por prédicas ultramontanas, xenófobas y racistas que se escuchan desde la vieja Europa a América toda. Nadie puede hacerse el distraído. El capitalismo caníbal tiene o tuvo en estos presidentes bufones (Trump, Bolsonaro, Milei) los mandaderos indispensables para todo servicio. El topo totalitario busca ser una celebrity en sus viajes planetarios. Mendiga reconocimiento. Es un economista que se hace llamar doctor cuando no tiene ese título y que se autopercibe ombligo del mundo.
Web Derribando Muros


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